Bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir, se abstiene de demostrárnoslo con sus palabras.

Thomas S. Eliot

En algún momento escuché sobre la posibilidad de dirigir algunas palabras al vacío. En ese instante me vinieron varias imágenes a la cabeza, pero ninguna me ayudó a concebir lo que sería hacer esto, pues para lograr tal cosa yo misma tendría que hablar desde el vacío, lo cual supondría que éste dejara de ser lo que es, a menos que yo misma estuviera vacía. Pero si esto ocurre, entonces no tendría nada que decir, por lo que hablarle al vacío y callar serían exactamente lo mismo.

Neceando un tanto con que existe la posibilidad de dirigir palabras al vacío, me concedo el permiso de hacer de éste un escucha y de hacer de mí un hablante que no está vacío y que algo tiene que decirle al vacío.

Lo primero que noto al dirigirme a mi escucha es que no hay necesidad de ordenar mi discurso. El orden es necesario cuando hay posibilidad de confusiones, y éstas sólo son posibles en medio de un pleno. En el vacío que me escucha lo único que hay es lo que digo.

Otra cosa que no puedo dejar de notar es que no hay necesidad de cuidarme de observadores curiosos que pretendan ver lo que sólo mostraría al vacío que ahora me escucha, que como tal es perfecto para que le revele, sin importar el orden, aquellos secretos que son tan terribles que ni a mi me revelaría. Esto demuestra que al hablar al vacío no hay necesidad de distinguir entre aquello que es publicable y lo que sólo pertenece a la intimidad del hablante.

Cuando me veo tratando de ordenar un discurso que será dirigido al vacío, pues sólo puedo pensar discursivamente, me doy cuenta de lo absurdo que es lanzar palabras a esa extraña idea, pues aún cuando al hablar parece que lanzo inútilmente una perorata sobre la que no tendré respuesta de otro, no puedo deshacerme de mí que como hablante y escucha acabo por atesorar las palabras que he pronunciado ya y que en ocasiones me dicen aquello que no quería escuchar.

 

Maigoalida