En la corola embriagada

del más efímero sueño,

interrogo las astucias

del desquite contra el tiempo,

y a la barahunda opongo

el escogido silencio.

Alfonso Reyes

 

Dice el conocido sainete: si en un desolado bosque cae estrepitoso un árbol y no hay nadie que lo escuche, ¿hay sonido? Igual podría preguntar si hay silencio, pero la estupefacción no se lograría con la misma facilidad: todo mundo sabe que en la ciudad, antro del mofle y la chuntata, el silencio no existe; obvio que en el bosque desolado sí. Sin embargo, el bosque desolado tampoco existe, porque sólo es bosque desolado el que se crea con la palabra cuando se habla de él. La soledad y el silencio son creaciones humanas.

El arte, dice un visionario personaje esquíleo, es más débil que la necesidad. Las ondas sonoras son necesarias: así sea el viento palmeando las hojas de los árboles, así la música de las esferas o la bestia gruñente acechando su presa. En medio del mundo de sonoridad ondeante se encuentran los animales y en sus oídos se produce el sonido; mas en los oídos de los hombres se produce esa sutil creación de quien piensa el tiempo llamada silencio.

El silencio se produce trágico, como en las malas noticias, el suspenso y la muerte, como en el grito vaporoso a cuentagotas del Nocturno de la estatua de Xavier Villaurrutia. Se produce, también, en la cautela, siempre hermética, como en la crítica velada, el comentario indirecto o la respuesta elusiva; Alfonso Reyes, picaresco pintor, lo esboza en: cuida no nos oiga Amor, que en sueños oír podría. O bien, el silencio es producción desesperada del hombre exhausto, exhalación sisífica, así en los versos furtivos de Salvador Novo: este tímido silencio cerca de ti sin que lo sepas. Silencio que desespera, silencio que llama a buscar lo que quizá no hay, o silencio que simplemente deja las cosas claras.

El silencio toma su forma perfecta en los versos, que son claridad furiosa, que son perfección humana. Por ello, el silencio algo tiene de sagrado, porque nace en medio del eterno fluir de las palabras, que es lo más divino que le ha tocado al hombre. Atrevimiento sería decir que el hombre debe habérselas con las palabras –pero mejor no lo digo.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla: ¿Los cambios en los diarios La Razón y El Universal son anticipos de la estrategia de guerra? Si es así, la pluma nuevamente servirá de bisturí al casi inexistente país.

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