Y se detuvo detrás de él, tomando el rubio cabello del Pélida
a quien solo se manifestó: ninguno de los otros viéndola:
maravillado Aquiles, diose la vuelta y llegó a reconocer
a Palas Atenea: terribles lucían sus ojos.
Y a él habló con palabras aladas.

– Ilíada, I, 197 – 201.

Por A. Cortés:

De todos los guardas, el templario debiera ser el más silente. Cuidar el templo y hacer frente por él hace de su guardia un sosegado cuidado, una diligencia respetuosa. Si se tiene que luchar por el templo, es porque hay quien ha sido suficientemente canalla como para desacrarlo, o como para mostrar la intención. Como el respeto a lo sagrado no es cosa liviana, no es sorprendente que el templario guarde de la compostura aún durante la batalla para honrar lo divino. Pero la imagen del templario como una clase de guerrero es en cierto modo una canallada de por sí, porque su cuidado no es el de quien está para pelear, más que incidentalmente. Originalmente él no es un azuzador de la guerra, sino un guarda de la paz.

Obviamente no hablo de la histórica Orden de los Templarios, pero sobra decir más que eso. Me llegó de lejos un recuerdo de cuando escuché con atención por primera vez la frase “¡guarda silencio!” (gritada y todo), y pensé que era muy curioso que el silencio fuera cosa que se guardara. Me inquietó que si comprendemos la frase como un eufemismo de “calla”, omitimos el sentido importante que parece mandar con más fineza que proteja uno el silencio, que se esfuerce por mantenerlo a salvo. Y es curioso que justo sobre estas líneas vine a darme cuenta de que miento: ésa no fue mi primera reflexión, sino la segunda. Sin embargo, aunque fuera la tercera o la cuarta, lo más escandaloso del descubrimiento es que casi siempre que guardamos silencio pensamos antes que estamos “dejando de decir”, y no que estamos cuidando lo que se mantiene sin el habla.

Si uno estudia música, tarde o temprano llega a conocer “los silencios”, esos signos que indican un tiempo específico en el que el intérprete tiene que guardar el silencio. No todos tienen el mismo valor, unos duran más y otros menos, pero cualquier buen músico dirá que su valor es el mismo que el de los sonidos. Un cuarto de do dura lo mismo que un cuarto de silencio (como con el chiste del kilo de plomo y el de plumas). En el caso de la música se hace más notorio que en ningún otro que el silencio no es el hoyo entre el sonido, y no es negación de nuestra expresión, sino de hecho algo que vale por estar guardado. Y con esto quiero decir que no confundimos la pausa después de una mala noticia con el que se calla a la mitad de una oración porque lo interrumpe alguien más.  Ni son tampoco lo mismo la sonrisa silenciosa entre amigos, que la sordera de la vejez. Ya leeremos qué dice a este respecto Némaste Heptákis. El silencio no es lo mismo que la ausencia del sonido, es una curiosa manera de guardar la palabra, y de proteger algo que no me atreveré (o tal vez sí) a decir qué es.

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