Para demostrar que no queda la más remota esperanza, se

detiene en un cruce muy transitado y se queda en calzoncillos.

Realiza una pequeña danza, se para de manos, enseña el trasero

a los coches que pasan, y como nadie le presta la menor atención,

vuelve a vestirse con desánimo y se aleja arrastrando los pies.

(El libro de las ilusiones)

 

El hombre es el animal político por naturaleza, dicen unos. Y es político porque, lo quiera o no, está en relación con otros como él. Es político porque comparte el mundo y la lengua con los demás hombres. ¿Qué relación existe entre la lengua y el mundo? ¿Y entre estos dos y el hombre? ¿En efecto están relacionados? Dicen aquellos que eso dicen que es algo evidente e innegable, que es algo que se puede ver con claridad sólo con que pongamos atención a la realidad que nos rodea sin prejuicios. Sin embargo, ¿y si esa supuesta realidad que nos rodea, que por cierto se atreven a llamar naturaleza, no es otra cosa que el mayor de los prejuicios que un hombre puede tener? ¿Cómo se ha de sostener aquel que ha fundado su vida cotidiana y su manera de entenderla, así como a todo lo demás que quizás no le es tan cotidiano, en la noción de eso que ahora oso (de osar) llamar prejuicio? Seguramente no lo podrá hacer. De hecho es imposible asumir que la noción de naturaleza, la más clara que puede haber,[1] es falsa y es que ¿quién en su sano juicio se atrevería a negar que haya naturaleza, pues nota que la hay? La respuesta es nadie, por supuesto.

Si el carácter de político, propio de ese animal que somos todos, es natural a ése, el hombre, entonces ponerlo en duda sería algo así como poner en duda al hombre mismo, lo cual es impensable: no podemos negar al hombre, pues somos hombres, y no nos interesa si los cerdos se atreven a hacerlo, igual nos los vamos a comer.

Una interrogante que puede surgir, empero, es la que sigue: y si alguien se atreve a negar a la naturaleza, a negar lo político del hombre, negar su lengua y negarlo a él mismo y a su mundo, entonces ¿qué es ese que se atreve a negarlo? ¿Será un hombre pretendiendo no ser un hombre? ¿Eso es posible? ¿Y qué pretende ser ese hombre que niega al hombre? Dirán los primeros que pretende ser o dios o máquina, pero ¿qué no el hombre creo tanto a dios como a la máquina? Entonces el hombre pretende ser algo creado por el hombre mismo al negar al hombre. ¿Qué es todo esto? ¿Cómo salir de un aprieto tal?

Quizás ese no es un aprieto, después de todo. El hombre que niega al hombre, ciertamente puede pretenderse una creación del hombre, ya dios ya máquina, y no está cayendo en ninguna contradicción ni círculo vicioso, pues el hecho de que el hombre fuese negado desde el principio de la duda no implicaba necesariamente que se negase tanto a dios como a la máquina al mismo tiempo. Es probable que tanto dios como la máquina no sean creaciones del hombre. En ese sentido, es claro que el círculo no es círculo. ¿Será cuadrado? No es probable.

Dejando las necedades de lado, lo que de verdad quiero decir aquí es que, si los sabios dicen que el hombre es el animal político, entonces lo más seguro es que así sea. ¿Por qué no confiamos todos en ellos, que tantas cosas verosímiles nos cuentan cuando dicen que reflexionan en torno al mundo, al ser o a lo que ellos quieran? ¿Qué importa si alguno de los otros puede imaginarse que la naturaleza no es naturaleza, tal como ellos dicen? Si obviamente no podemos compararnos con ellos, que se han dedicado tanto tiempo a ejercitar las dos principales características del hombre: la razón y la política. Es claro que no podemos compararnos con ellos. Hemos de creerles, pues, y aceptar todo lo que, en su sapiencia, nos dicen. Pero, si ya hemos aceptado que el hombre es político por naturaleza gracias a su lengua y a su mundo, que comparte con sus semejantes, y aceptamos que la lengua, más allá del pedazo de carne que tenemos en la boca, es una manifestación de la razón (en tanto es palabra y lenguaje, expresión y comunicación), y los sabios son quienes la ejercitan de mejor manera junto con la política, entonces no hay nada más cierto que la naturaleza política del hombre; pero no todos aquellos están de acuerdo con eso, pues hay algunos de ellos que se empecinan en decir que la política es accidental, al ser el hombre fundamentalmente criatura individual, hecha o no a la imagen y semejanza de dios (o de Dios); entonces ¿a quién le hemos de creer? ¿A unos o a otros? Seguramente, ambos grupos nos dirán, en su afán por no parecer déspotas e injustos, que hemos de decidir con nuestras propias luces, o más que decidir, que hemos de ver por nosotros mismos lo que en verdad es, lo que unos dicen o lo que los otros. Que no debemos creer en lo que dice nadie, sino ver si lo que dicen es verdad, de lo que seguiría que lo que los otros dicen es mentira. Pero si los demás tenemos las luces para ver cuál de los dos grupos dice la verdad, ¿qué nos asegura que no nos percataremos de que ninguno de los dos bandos la dice? ¿Acaso se nos concederá que podemos tener razón? Parece inverosímil que alguno de los dos bandos lo concediera, a menos que no estén diciendo la verdad desde el principio, por lo menos no completa, tal cual parece que lo aseguran. Otra posibilidad es que haya alguien más que nos escuche y sea o no convencido por nuestro discurso, con lo que ya seríamos tres bandos, no dos. Con ello, la disputa se agrandaría cada vez más hasta llegar a la conclusión, hermosa conclusión, de que todos los discursos son igualmente verdaderos. Todos valen lo mismo pues son modos de ver, son visiones del mundo, o perspectivas.[2] Pero entonces resultaría que, desde el principio nadie está realmente peleado con nadie. Unos y otros dicen verdad. Nosotros también decimos verdad. ¡Y todos vivimos juntos y felices! No importa que existan multitudes de discursos, de interpretaciones o de nociones del hombre, del mundo, de la lengua, de lo político del hombre, de lo individual del hombre. No importa siquiera que sean contrarios entre sí ni que se descalifiquen aparentemente. Nadie es refutado ni descalificado en realidad. Los que piensen que sí, son personas que requieren ser educadas, llevadas al buen camino, para ser parte del todo que todos queremos ser.

No importa dios, no importa la máquina, no importa nada, pues todo es creado por el hombre, o por algo más, o autocreado. No importa. El hecho es que aquí estamos todos, dioses, máquinas y hombres, y lo mejor es vivir bien todos, ¡felices todos!


[1] Existe otro tipo de personas que sostiene otra cosa, que la noción más clara que podemos, los seres humanos pensantes, racionales, es la de nosotros mismos, pues nos preguntamos cosas y pensamos en ellas y vemos que pensamos en ellas y las vemos a ellas mismas; todo lo cual nos conduce al reconocimiento de que esa es la primera y más clara noción que podemos tener.

[2] Horizontes interpretativos dirían algunos.

 

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