“…oncan ticnamiquiz in ohuihtic, in yetic…”

Huehuetlahtolli

 

Llevaba andando tiempo mucho. Era todo oscuro y frío, un helado viento me hacía titiritar. No podía ver demasiado y cada pie que avanzaba parecía ponerme más lejos de alguna parte antes que acercarme a otra; ni siquiera reconocía esa tierra. Me sentía cansado y manaba sangre por mi boca. No sabía qué había sucedido, ni cómo me hallaba entonces allí. Sólo sentía la gravedad de seguir andando. Lo  último que podía recordar era el dibujo borroso de mi nana y mi tata rodeando mi petate, lloraban, nada pudieron hacer. Decían poco, comenzaron a incensar. Y nada más, era lo que recordaba.

Llevaba andando tiempo mucho. Cada vez me sentía más débil, pero tenía que llegar a algún lugar. Comencé a oír un perro, un animal, no me habían abandonado. Él estaba también allí. Ya lo comprendía todo, sólo un perro podía acompañarme en este recorrido. Se me vino un gran temor, un gran  espanto. Se oyó un estruendo, se alzaron gritos y el ulular de la gente que se golpeaba los labios. Corrí.

Llevaba andando tiempo mucho. Se escuchaba el camino de un río fuerte, sin tropiezo alguno me fui a donde ese. El animal se adelantó a mi camino y, obedeciendo el augurio del tonalamatl y las creencias de los abuelos, tuve a bien seguirle. Había nacido regido por el itzcuintli, entre los vivos eso me había llenado de riqueza y fertilidad; ahora éste me ofrecía un poco de seguridad. El río rodeaba la región más profunda del tenebroso lugar en el que estaba, rodeaba la región más profunda del Mictlan. Mi animal se aventó, se arrojó sin espanto a las aguas y me llamó a que lo alcanzara. Sujeto a su lomo pude atravesar, alcancé la otra orilla.

Llevaba andando tiempo mucho. Me llevó con su patrón, ahora me llevó con Mictlantecuhtli. El señor de los muertos estaba posado en un trono espeluznante, su posadero era un tórax de esqueleto que desangra. Su cabeza era una calavera con las fauces abiertas, un pedernal justo en la nariz y lo más horripilante, su orejera hecha con una mano desollada. Me vio y allá los gritos no se acallaban. Miedo mucho invadió mi hombría. Me señaló con el dedo mismo que señala a los moribundos, a los que se aventuran a llegar hasta donde él. A los muertos cualesquiera que no habían tenido el socorro de llegar hasta el Tlalocan, de acompañar al Sol en el Ilhuicac. El dedo que señala a los muertos cualesquiera que habían perpetrado los nueve estratos de su morada.

Llevaba andando tiempo mucho. Cuando la boca hambrienta del señor de los muertos tomaba mi corazón. Cuando el dedo amenazante del señor del inframundo tocaba mi cuerpo doliente.

Llevaba andando tiempo mucho…

La cigarra

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