Por A. Cortés:

Para platicar sobre el sarcasmo no hay mejor método que intentar mostrarlo a través de un ejemplo. El sarcasmo no se deja explicar muy bien, no se encierra en las definiciones y le incomodan los rigores de los diálogos presuntuosos. Es necesario que se exponga con situaciones dramáticas o imágenes que revelen la acción para que sea visible qué es y cómo funciona. La razón es sencillísima: para que el sarcasmo cobre sentido es necesario que se haga manifiesto lo falso de lo que se afirma, y a modo de reducción al absurdo, que se note lo imposible del caso en el discurso. Se apunta a lo que no se dice con lo que se dice. Y este efecto se nota mucho mejor en el drama que en la conversación, porque el diálogo obscurece lo que la acción aclara.

Por eso es tan claro, cuando Martinsilenus escribe sobre sonrisas hipócritas y palmadas falsas en la espalda, en qué consiste el sarcasmo. No sólo el de esa escena, sino el de cualquiera. Como no hace falta que siga redundando, prefiero dejar aquí para que quien me lea consulte el texto publicado por él: “¿Sarcasmo? …No sé.”.

Anuncios