– ¿Sarcástico yo? ¿De dónde has sacado eso? Para nada. Si lo dices por eso que te dije el otro día… ¡No seas exagerado! Lo único que yo hice fue reconocer tu magna sabiduría. Después de todo, debes reconocer que sólo una mente tan magnífica como la tuya puede hacer un descubrimiento como ese al que has llegado el mes pasado. Al enterarme de lo que habías logrado, después de leer el artículo que escribiste (pues es obvio que, entre tantas ceremonias a tu rededor, no tenías tiempo para hacérmelo saber), no pude menos que reconocer la insignificancia de mis capacidades teóricas y reflexivas, acostumbradas a hablar de tonterías y a pensar sinsentidos en vez de ocuparme de lo verdaderamente importante; de aquello que ha preocupado a mentes tan brillantes como las de P, de O, de M, o incluso del Dr. X y F, nuestros maestros en los años de la facultad. Sólo tú has podido descifrar las dificultades y enredos argumentativos de ese autor, el más lúcido de todos; dueño de la pluma que produjo más grande obra escrita el siglo pasado. Sólo tú, que desde que éramos jóvenes has encontrado la claridad de pensamiento necesaria para empresas teóricas tan determinantes, has logrado dar respuesta a la más fundamental de las interrogantes. La manera en que expresas las ideas, y en que vas hilando argumento por argumento; desechando toda palabrería inútil y denunciando los artilugios retóricos del autor que sólo confunden. En fin… La forma en que depuras el texto y nos presentas a los lectores las ideas en toda su pureza es maravillosa. Y eso no es todo. Hay que atender a que, a diferencia de lo que hacemos la mayoría, tú desde temprano encontraste cuál era el autor definitivo, aquel que es el único comprometido con la verdad, y cuál era su principal obra. Recuerdo que había quienes se burlaban de ti, por no explorar en otros autores y obras otro tipo de cuestiones; que te tachaban de ingenuo por entregar tu vida a un autor de pensamiento tan arcaico; pero no, ahora todos tendrán su merecido y deberán aceptar su equivocación. Es claro que tú eres la mayor inteligencia de nuestro tiempo, pues eres el único que has dado con la piedra de toque del pensamiento de ese autor y yo no puedo sino quitarme el sombrero ante tu persona…

(El hablante toma su sombrero con la mano derecha, se lo quita, y hace una reverencia, la cabeza gacha, ante el oyente, su interlocutor, quien, por su parte, le anuncia que no es necesaria tanta ceremonia y palmea su espalda mientras muestra la blancura de sus dientes a través de una gran sonrisa que acompaña una mirada de sincera compasión hacia el hablante, su compañero de antaño, su actual inferior. Un grupo de jóvenes que iban pasando a un costado de la escena, se detienen a observar lo que sucede y sacan una fotografía, lo que hace que el momento quede grabado para la posteridad.)