Se dice que las musas son veleidosas, cuentan algunos, que se han encontrado con ellas al pie de los montes, que éstas afirman su capacidad para decir la verdad o para engañar al poeta que cantará ante los reyes más ilustres; sin embargo, según algunos que parece han convivido bastante con ellas, estas hermosas hijas de Zeus tienen límites para el engaño, no son capaces de soportar que se hable mal sobre los dioses, pues eso no sólo es hablar falsamente sino una falta de respeto, incluso cuentan que si alguien se atreve a cometer tal bajeza ellas mismas se encargan de castigarlo.

Lo que bien pudiera mover a las cantarinas y juguetonas doncellas a limitarse en el engaño, es un sentimiento que en muy raras ocasiones se presenta en el hombre amante del progreso, me refiero a la vergüenza, pero no sólo pensada como un temor a hacer el ridículo, sino como algo más sagrado, es decir, la vergüenza entendida como el temor ante la posibilidad de ofender a quien por mucho es superior al temeroso.

Un buen amante de lo nuevo, no siente este temor, porque para alcanzar lo que busca, lo que antes no tenía, por pertenecerle a otro, es necesario dejar de ver a quien lo posee como un ser mejor, es decir, sólo cuando veo que el otro es igual a mí, puedo aspirar a tener lo mismo que él tiene, y no sólo eso, también puedo buscar conseguirlo a toda costa sin temor a faltarle al respeto; por ello quien sigue viendo jerarquías tacha de desvergonzado a quien ya no las ve.

Antes de afirmar si es mejor vivir con vergüenza o desvergonzadamente, hemos de examinar con la mayor atención posible la cuestión, pues aquellos que todavía consideran que hay seres mejores y que es posible distinguirlos del resto de los hombres, dirán que el mejor modo de vida e aquel que se funda en el temor a hacer el ridículo colocándose en el mismo nivel que aquellos que son superiores; mientras que los desvergonzados dirán que los cobardes son aquellos que no viven bien pues limitan sus deseos debido a temores irracionales e infundados.

Tomando lo anterior en cuenta, resulta claro que si pretendemos examinar el mejor modo de vida a partir de la vergüenza, hemos de tener la disposición para aceptar qué tan vergonzosos o desvergonzados somos realmente, pues bien puede ser el caso que nos preciemos de vivir con temor de ofender a los mejores, y que nuestros actos revelen que ni siquiera somos capaces de reconocer al mejor.

Una buen amanera de develar esto es dirigiendo nuestra mirada hacia lo divino y preguntarnos con la intención de descubrirnos, como ante un espejo, cómo es que vemos a la divinidad, ¿consideramos acaso que ésta es mera superchería, que hablar de ella es sólo una forma de articular un discurso con el cual se pueda manipular al ignorante, o que es el producto de la ignorancia que caracterizaba al hombre antiguo, tan alejado de la benéfica mano de la ciencia?, o por el contrario, ¿pensamos que la divinidad es necesaria para que haya un orden en el mundo, que es posible que los dioses no sean sólo hombres divinizados por el paso del tiempo y la formación de leyendas respecto a sus actos, y que estos en tanto que son seres mejores son dignos de ser honrados constantemente?.

Si nuestro modo de pensar a la divinidad se aproxima en algo a la primera forma de pensar a la divinidad, entonces somos, unos desvergonzados, que quizá no se atreven a tomar lo que desean por cobardía respecto a lo que nos puedan hacer los demás, no en tanto que estos sean superiores a nosotros, sino en tanto que son más poderosos, ya sea por sus propios recursos, como sería en el caso de pelear contra el más fuerte, o porque son más.

En cambio, si nuestro modo de ver a la divinidad es más próximo a la segunda pregunta antes planteada, entonces podemos decir que somos seres que tenemos vergüenza, de los actúan sin ofender a lo que es superior a ellos, lo que supone su capacidad para efectivamente reconocer a lo mejor, y por ende para jerarquizar, es decir, pada dar a cada cosa y a cada ser el lugar que le corresponde; en ese sentido, el hombre que vive con vergüenza bien puede ser visto como una hombre piadoso, es decir que teme proclamarse como un igual a los dioses en los que efectivamente cree.