Hay que pensar la escritura desde la lectura, de lo contrario lo escrito parece hueco. La escritura que no está hecha para leerse se pierde entre el preciosismo y la precisión, entre el lucimiento formal del hiperestilizado (metrosexualismo literario) y la rígida autoridad del experto (frigidez erudita), entre –finalmente- los usos no literarios de la escritura.

Lo literario, en tanto actividad poética, modifica el mundo para ser más pleno en él: pone en existencia nuevos modos de estar en el mundo, pero no solamente para “estar”, sino para estar en el mundo hablando: lo literario nos permite estar en el mundo entre palabras, razones, hombres. Los usos no literarios de la escritura, al contrario, nos dejan en el mundo sin palabras. Ora vemos los devaneos dandistas del escritor que usa el texto como pasarela, vemos pasar frases entalladas, palabras escotadas, metáforas cosidas por plumas y lentejuelas, todo aquello con lo que no nos atreveríamos a salir sanamente a la calle, frases que nunca pronunciaríamos para seguir platicando, palabras que nunca usaríamos para ser entendidos, sutilezas irrelevantes que no aguantan el uso diario, que estorban para caminar, que se muestran ridículas cuando tropieza el vedetismo. O quizá vemos el castrense paso del escritor que usa el texto para cosechar autoridad sembrando terror, estrechos silogismos -más que frases- que impiden encorvar la espalda cariñosamente sobre el libro que se guarda con ternura entre las manos (como sólo sabe hacerlo con elegancia nuestro José Emilio) para leerlo devocionalmente, palabras puntillosas que se ajustan al cuello cual corbata e impiden la respiración libre y profunda del que habla con folclórica libertad, demostraciones contundentes de temas contundentes que como botas militares marcando el paso machacan las florecillas que con fresca timidez se asoman en el campo de los inexpertos. Vemos, en fin, usos no literarios de la escritura que nos quitan las palabras porque estamos ante un espectáculo circense, porque las sustituye por carcajadas que se mofan de lo ridículo, o porque todo está demostrado y no queda nada por decir, porque preferimos aceptar la dureza de lo dicho y guardar nuestra irreverencia para después.

El uso literario de la escritura, al contrario, es el que quisiera ser ropa de uso diario que va y venga libremente para platicar a gusto. En esto último está el problema: el uso literario de la escritura tiene como fin al gusto, y siendo principio el fin, no puede ser literato el que carezca de buen gusto, en tanto el buen gusto se forma por las buenas letras, i.e. viviendo bien en las lecturas. Escribimos y leemos para la buena vida, lo demás es no dar pie con bola.

Námaste Heptákis