*El presente presupone la lectura del capítulo ya referido por parte del público. Favor de tenerse en cuenta.

Para comenzar, diría a quemarropa que el capítulo pese a ser breve, es conciso y muy formal al estilo de Kant. Su objetivo principal parece ser, además de explicar qué es lo que él tiene por Ilustración, expone las razones que justifican dicha concepción y con ello por qué su época no puede ser una época ilustrada propiamente –con lo que se sobreentiende que mucho menos ésta–. El capítulo entero da cuenta no sólo de la Ilustración sino de su misma inclinación histórica, la injerencia que sufre ésta por el pensamiento y las ideologías vigentes y las repercusiones del conocimiento en todos los ámbitos. 

En palabras del mismo Kant: “…La Ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad.” Menuda aseveración. Sobre todo cuando lo que nosotros evocamos inmediatamente por Ilustración se relaciona más con una época histórica esplendorosa en muchos ámbitos antes que con un estado del ser humano alcanzable siempre y cuando éste quiera tomar conciencia y luego soltarse de dicha incapacidad. No olvidemos que es Kant, todo lo que él dice tiene un significado diferente del que puede tener cualquier ser mundano respecto a cualquier cosa. Así que, desde la primera frase de su texto responde al problema marcado en el título, simplemente y sin afán de petición de principio –eso creo, quizá ingenuamente– esa es la Ilustración para Kant. Así que ¿qué se puede decir de algo cuando se ha afirmado con tal altivez y se piensa en ella al menos como una certeza apodíctica? Y lo digo, porque el resto del texto será legible sólo si se aceptó eso de tal modo. Luego pues, hasta donde figuro el asunto, nos queda preguntar en qué sentido o qué tan alcanzable es entonces la Ilustración.

Pues bien, si obedecemos la postura denotada al interior del texto, el autor expone la comodidad proveniente de no pertenecer al gremio de los ilustrados –si es que eso existe–; todo a nuestro alrededor nos incita a permanecer dentro de nuestra reconfortante esfera de incapacidad, ya bien los medios de comunicación, la gente con poder que nos rodea o la religión, todo es obediencia y queda rezagado el uso de la libertad de razón. La libertad de razón exige razonamientos y quién quiere estos si todo nos es dado más fácilmente si nos mostramos como incapacitados, perezosos y cobardes, motivo por el cual ésta se ha convertido en nuestra segunda naturaleza, en nuestro modo de ser. Somos pues, el resultado pusilánime de no servirnos de nuestra razón.   Ahora bien, aquí considero de suma importancia resaltar que con esto Kant no está gritando: ¡Salgan a la rebelión! o ¡Derroquemos al gobierno opresor!, ni mucho menos habla de contrariar a la: “censura fascista”, no, el autor no es de esos que se deja seducir por una revolución armada o que cae ante cualquier mal entendimiento, eso sólo se podría entender de una lectura e interpretación paranoica de lo que el autor explica como el desuso de nuestra propia razón. El tipo de cambio que surge a partir de dichas pugnas, es más parecido a un cambio temporal y ficticio que sustituye los viejos ofuscamientos por nuevos –y no puedo evitar traer a la mente la novela de Orwell: 1984–  El cambio de paradigma acerca de la usanza de la razón o el exentar dicha incapacidad no dependerá del uso de la fuerza –de hecho ésta no tiene nada que ver–  sino que se relaciona en primero con la conciencia de dicha incapacidad y en segundo con el arrojo de querer desembarazarse de ella. Pocos lo han logrado, cierto es, pero Kant dice que ahora es más fácil eso, el grillete que nos sujetaba a la incapacidad ha sido levemente aflojado y el público se ha visto más interesado por asuntos de esta índole por alguna extraña razón que ni el mismo autor explica por ahora, lo que sí dice es que quien pretende ilustrarse  y lo logra medianamente, acaba vengándose de aquellos que lo incitaron –o al menos eso dice Kant– y es por eso que el proceso de ilustración es lento y selectivo o, en caso contrario, falso y tirano.

Ahora bien, cuando distingue entre el uso público y el uso privado de la razón comienzan los verdaderos enredos kantianos, pues si bien el uso público de la razón queda mostrado como un permiso irrebatible y como posibilidad para el surgimiento de la Ilustración, no deja muy en claro cómo es que dicho uso es en realidad personal y el uso privado al revés, su ejemplo no es muy claro con ello. Digo, la calidad de Maestro respecto al uso público queda más claro que en el uso privado la calidad de Funcionario. Cosa aún más extraña es que de inmediato diga que en virtud de las empresas públicas resulta más conveniente comportarse pasivamente u obedecer sin exigir razones, como apuntando al bien común –temiendo que éstas sean un par de palabras anacrónicas para dicho pensamiento–. Luego pues, preguntaría ¿en qué medida el uso “público” –pero no tanto–, que podría ser mejor entendido mejor como uso comunitario de la razón, orilla a la Ilustración, si este debe someterse esporádicamente con miras al bien de todos, a lo que estos todos digan o crean? y además ¿cómo el uso privado se ejemplifica con el clérigo ante la feligresía, y a su vez, cómo puede este representar el uso de la razón si habíamos acordado que la religión es una de las cosas que la coarta? Francamente no creo que esta imagen diga mucho, a menos que la trampa venga cuando se clarifique porque contextualmente Kant apelaría a dicha figuración, pero no sé si sea tan maloso en ese sentido hermenéutico. Asunto aparte. Ya nos habían dicho que los ejemplos y los alemanes no empatan tan graciosamente como ellos creen.

Ahora, aquello que había sido tomado al principio como inclinación hacia el conocimiento o como bríos para sanar la incapacidad, ahora será explicado como algo que le incumbe al hombre en su propia persona, es decir, que por más que alguien pretenda eludir la Ilustración, lo único que lograría sería pisar sus mismos derechos sagrados, le restaría  o se restaría pues, humanidad. Pues hasta el más mundano de los hombres, por su simple condición de terrenal, será llamado por su afán de conocer e ilustrarse en el sentido kantiano del término. Y a esto apunta lo que sostiene cuando dice que ningún monarca puede prescribir acerca de lo que le conviene al pueblo, cada cual debe intentar hacer lo mejor con y por su alma, la Ilustración corresponde al individuo y sólo a él.

Finalizando, a propósito de si la época de Kant es una época ilustrada él parece ser muy claro con su respuesta: no, pero sí una época de Ilustración; en otras palabras no está gozando ya de las ventajas de ser esa una época ilustrada pero sí está en proceso de serlo. Luego, si la época de Kant no pudo ser denominada, por él mismo, como ilustrada –aun cuando seguramente se rodeaba de gente cabal y diligente, digna de ser mirada como tal–  entonces ¿qué queda para nuestra época? Para entonces no creo que existan muchos dignos de siquiera ser pensados como interesados en la ilustración de su alma, menos aún ilustrados. No sé qué tanto sea viable hablar de un progreso en el sentido ilustrador-kantiano del término. No ha habido mejoras, no hay superhombres todavía, nadie ha alcanzado el Absoluto: la Ilustración a la que refiere Kant es todavía un mítico ideal invisible.

La cigarra

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