L era demasiado orgullosa para aceptar lo que se presentaba a sus ojos, o más bien las circunstancias en que vivía desde hacía mucho tiempo la obligaban a eso. Nunca había visto nada con tal claridad como entonces. El amor estaba frente a ella, tan sólo esperando a que se decidiese a dejarlo todo para honrarlo. No lo hizo. Ella terminó por destrozar el corazón del joven, quien era, en este caso, el emisario del dios, diciéndole que se marchase.

Sería fácil imaginar que ella lo disfrutó, pues no pareció inmutarse con lo sucedido y permaneció en la misma rutina frívola que hasta entonces había sido su vida, aunque ciertamente no fue así. Se vio obligada a anteponer intereses principalmente de tipo económico a la verdadera felicidad, o por lo menos al intento por consagrar sus esfuerzos a buscarla junto a él, que la amaba sinceramente, y es que no podía ser de otra manera. Nunca en su vida había contado con nadie aparte de ella misma para salir adelante y continuar con su vida. Era inverosímil que este chico pudiese tener otras intenciones que las de pasar un rato nada más. Tenía que alejarse de él antes de caer en la trampa del enamoramiento, que enceguece al más hábil y provoca las angustias más grandes.

Era una situación desacostumbrada, en efecto. El dios del amor no siempre muestra su influencia de manera tan evidente como en ese caso. Lo normal es que enrede las cosas un poco, pues le gusta siempre jugar y divertirse. Les permite a los mortales disfrutar momentos de inmensa alegría, así como de incertidumbres y tristezas momentáneas; pero sus señales no suelen ser tan claras como entonces lo fueron.

En esta ocasión la divinidad le infundió a aquel joven el entusiasmo suficiente para entregarlo todo por él, el amor, y por su amada L. Nada podía fallar con el dios de su lado. El chico, confiando ciegamente en la influencia y el poder del amor, lo hizo. Apartó todo lo demás de su mente y se lo dijo a L: estaba dispuesto a dejar su vida actual por ella, a comenzar una nueva en la que estarían juntos para siempre. Se olvidarían del pasado y podrían ser felices, colmados por las infinitas fuerzas del amor. Llevarían la vida juntos, acompañándose en todo momento y amándose siempre. Nada malo podría seguirse de una unión tan pura como sería la suya.

No obstante todo eso, ni la atracción y el cariño sincero que L también sentía hacia el chico, ella decidió ignorar el llamado del dios y rechazarlo, para dedicar su vida a los negocios de siempre, indiferente a los estados anímicos sentimentales; era lo más seguro para ella. Hizo trizas toda esperanza que el muchacho hubiera podido tener, a pesar de que, con ello, terminaba consigo misma también.

La separación se dio, el dolor se presentó, y ellos nunca más se volvieron a ver, a pesar de las inmensas ganas que tuvieron ambos de ello, de estar juntos por lo menos un momento. Vivieron siempre pensando uno en el otro; pero siempre con los corazones llenos de melancolía por lo que pudo ser y no fue.

Y el dios, tan juguetón y alegre siempre, esta vez, lloró profundamente.