Hay gente que teme al silencio, otros que lo buscan y otros pocos que lo necesitan. Los primeros porque les parece que así suena la soledad, los segundos porque el aislamiento es bueno para concentrarse, los demás quizá por vicio o enfermedad. Lo único cierto de esto es que es falso por ser tan general y, como buena recomendación que nos ha sido legada, de las cosas humanas no podemos discurrir de maneras tan generales con un buen grado de exactitud.

 

Andarle buscando esencia al silencio no son modos, está tan fuera de lugar como lo estaría incluir al vacío en la tabla periódica. Esto sin mencionar lo inútil que resultaría ponderarlo como la ausencia de vibraciones en un medio. Si bien, la notación musical expresa su mesura, el primer paso concreto lo damos si comenzamos por hablar del silencio no como ausencia de sonido, sino como un fenómeno simbólico. Algo que se presenta dentro del lenguaje y con tantos matices como intenciones y sentimientos podamos expresar.

 

En efecto, vemos que puede significar respeto, reserva, irreverencia. Puede ser un indicio de atención, precaución o desconfianza, también puede asustarnos cuando nos recuerda que a eso puede sonar la nada. Ni la música ni el lenguaje serían posibles sin ello, pues más que una condición para ambas, también es su condimento. Y es esto último lo que me gustaría que revisáramos, pues ahí es donde podemos darle vueltas al silencio en una conversación.

 

Ya que vimos que sería necio atribuir un solo sentido al silencio, en una conversación a veces sirve para evidenciarnos la familiaridad o lejanía que tenemos con alguien. Los silencios más dolorosos se dan cuando estos nos denuncian que una relación se ha roto o está por romperse, los más incómodos cuando una relación no acaba de darse y –quiza— no hay modo que pueda darse; y pese a ello, los más sanos cuando no hay nada que decir.

 

En ocasiones también sucede que el silencio dice más que las palabras. Y no me refiero a cuando silenciosamente dirigimos una mirada, un gesto o alguna seña, sino cuando sencillamente hacemos nada y puede tomarse como mensaje. Del silencio de la indiferencia a aquél que constituye los pilares de un enigma, pasando por el de la estatua que rompe su silencio en el poema de Villaurrutia, más que abismos hay mundos de diferencia.