Por A. Cortés:

Estaba pensando el otro día que las guerras no deben de haber sido lo mismo para los antiguos que para nosotros, pero no solamente en la obviedad de que hay avance tecnológico, sino en la forma en la que éste modifica la manera de ver a los enemigos. No es cuestión de que ahora se mate más o se sufra más. Es cuestión más bien cualitativa. Además, también es seguro que para mí mismo la guerra no sea lo mismo que para los que sí han estado peleando en alguna, así que con reservas comparto mi opinión.

En la Ilíada, los personajes que Homero describe cargando los arcos y flechando a la distancia a sus enemigos son, fuera de Aías de Oileo, gente de baja categoría. Son por lo general vistos con la misma mirada que abarca a peones y a escuderos. Los arqueros tienen la peculiaridad de que su “enfrentamiento” es solamente metafórico, porque lo que propiamente tienen en frente es un campo muy amplio, abierto muchas veces. Ya después está su enemigo.

Lo que aparece devaluado allí por la sugerencia implícita de Homero es, me parece, el tipo de hombre que suele acometer a otro de manera que pueda salvar la diferencia de fuerza entre ambos. Como flecha de lejos, le impide al otro la posibilidad de darle la cara y responder (a menos que sea batalla de arqueros, cosa que no cambia el hecho de que ninguno da la cara). Después de todo, en una guerra la fuerza es una de las marcas más claras de lo que podríamos llamar el mejor hombre. Que conste de una vez que no afirmo que siempre y en todo sentido es mejor el más fuerte; estoy hablando exclusivamente de la guerra y, por tanto, de batallas en las que brilla el valor de los que se enfrentan a muerte. Eso es lo que le quita a la acción bélica la sección de arqueros: el brillo. Una guerra en la que todos se atacan a distancia obscurece nuestro panorama y ya no podemos ver quién de los hombres que están peleando merece nuestra admiración y nuestra honra (aunque sí haya quien las merezca).

Por ese lado es que pensaba que las guerras han cambiado mucho: si acaso el honor y la gloria de la guerra es manifiesta por el brillo del valiente, por lo menos había en los arqueros un dejo de esfuerzo, porque no hay quien sin entrenamiento pueda lanzar una flecha con la fuerza necesaria. Tirar con un arco es cosa de mucha pericia. Las armas de fuego, por otro lado, son un grado más de decadencia. Con ellas, hasta ese mérito se ha esfumado de las peleas. Claro, no estoy diciendo que no hagan méritos los tiradores, porque sé que la velocidad y la puntería no son cosas sencillas, pero sí afirmo que la letalidad y la distancia de estas armas nublan por completo lo que en las guerras antiguas permitía que se hablara de acciones valientes y que se loara a los guerreros.

Estoy siendo extremo sólo para ver las diferencias, pero sé que los soldados actuales entrenan mucho, y que no faltan los valientes: no cualquiera se mete en una balacera sólo porque también él trae una pistola. Sin embargo, el combate a la distancia y el tan incrementado riesgo de derrota ante un arma como ésa apaga el ímpetu y ajena a los combatientes. Y no podemos pasar por ignorantes ante el hecho de que también los hay, y muchos, que matan cientos apretando un botón, y sin sentirse cobardes. En estas guerras es corriente que a los combaientes no les importe mucho saber contra quién pelean, o quién le dio su arma (mientras que en la Ilíada hay decenas y decenas de versos dedicados al linaje de un arma). No importa mucho qué tan fuerte sea el enemigo ni a cuántos antes haya vencido. Importa solamente que asome la cabeza en un descuido para que pueda atravesarla de un balazo.

Pensaba después que lo más alarmante de esto es que el avance de los armamentos de guerra es solamente una imagen de un cambio más grande que ha venido sucediendo al paso del tiempo y que, seguramente, nos está haciendo menos en la misma medida en la que se han hecho menos los guerreros, por cuanto menos nos importa que nuestras acciones sean brillantes y nuestro esfuerzo fructífero. Como el valor se muestra en más cuestiones que la guerra, también el hombre de a pie moderno tiene que tener en claro qué tanto, con las pantallas desconcertantes y las herramientas actuales, se oculta para dirigir sus embistes sin peligro alguno.