Ahí estaba yo de total intruso. Ella de vestido corto y negro. Sus rizos enmarcaban eso ojazos brillando en su rostro. Un antiguo cuarto colonial era el salón de clases y las paredes refrescaban el calor veraniego de la calle. Sillas de metal en círculo, alumnos sentados, maestra de pie, su silla la ocupaba un pizarrón blanco. Yo me siento a su lado.

Comenzó la clase, todos atentos a las palabras de ella. La palabra va de ida y vuelta. Algunos avances de sus documentales, comentarios entre compañeros, reflexiones en colectivo.

De regreso a ella, planteamiento del proyecto. Consideraciones iniciales para un documental y sus previsiones logísticas. El pizarrón comienza a ser ocupado, su media altura la obliga a inclinarse dándome la espalda. Sus piernas son descubiertas por su vestido-telón jalado por su espalda. Todos atentos a la clase, yo a sus piernas que se orientan a mi cara, que no dejan más vista que su culo. ¿Qué hacer? ¿Desinteresarme de la clase porque la única perspectiva que alcanzo del pizarrón son sus piernas cada vez más en caminadas a su culo conforme descienden las líneas escritas en el pizarrón? Todo el grupo atento y yo a lado de ella, haciendo obvio al voyeur que llevo adentro. No me queda otra que pensar si no que  es adrede ese lucimiento de extremidades y agradecer el placer de compartirlas. ¡Qué piernas!

El pizarrón lleno es borrado, inicia de nuevo el recorrido. Volteó a los asistentes, anotando y volteando exclusivamente al pizarrón, la obviedad no es tal puedo seguir disfrutando la vista.

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