La categoría de “jóvenes” presente actualmente en el consumo y estilos de vida que pululan a nuestro alrededor es una novedad en la historia de la humanidad. En diversas formaciones culturales alrededor del planeta y tiempos pasados el estadio de madurez, plenitud y completo reconocimiento de ser un hombre o una mujer ha implicado una compleja operación de contraposiciones simbólicas y prácticas, en juego dentro de distintos campos de significación propios de las particularidades culturales de los individuos que participan de ellas. El paso de la infancia a la adultez en muchas culturas ajenas a la codificación etaria occidental son,  en apariencia dispuestos al observador, cambios bruscos y arbitrarios. Cambios envueltos en procesos rituales convencionales a cada cosmovisión y sus imaginarios, provistos de obligaciones para con la comunidad y para con los dioses, con una posición social a desempeñar y un papel en continua ejecución a riesgo de salirse del “guión”. Procesos en los que la prole de nuevas generaciones pasan de un momento del aprendizaje y la ausencia de obligaciones, el acondicionamiento y motivación a la imitación de las prácticas propias de los mayores, y así ejecutarlas para ocupar el posicionamiento de participar de un “nosotros”.

Los jóvenes del romanticismo europeo, aquellos marginales sin ocupar un lugar definido en la distinción social, afectos a los placeres refinados y libres de las ataduras de la rigurosidad social –relativas a sus horizontes y su contexto-, portadores de un nombre, un “linaje”, o desertores de éste y sus implicaciones económicas y de prestigio, son un ejemplo de nuevos actores nacientes en las sociedades industrializadas; aquellos que la división social del trabajo y las condiciones sociales de reproducción material y simbólica permiten. El cambio de la vida rural en donde la alianza entre familias constituye un acto estratégico y bien razonado, a una aparente libre elección a “gusto” de la persona con la cual formar una familia, es otro ejemplo de la conformación de la juventud como la conocemos hoy. Los cambios de la niñez a la adultez encuentran una graduación, una intermediación en una unidad discreta percibida, tratada y corporeizada, la juventud. A veces vista como una sala de espera, pero más bien podríamos verla como una relación especifica y diferenciada por las atribuciones dadas al individuo en el contexto de la civilización, del mundo globalizado y de una ubicación política y social concreta.

La segunda guerra mundial, o más bien,  esa guerra entre imperios y su reparto colonial, así como visibilizó la participación de las mujeres detrás de las líneas de fuego y algunas más participando irregularmente en el frente de ellas, también visibilizó el potencial en capital humano y fuerza de cambio que implicaba aquel estrato social previo a la edad de servicio militar, sobre todo en los sectores económico sociales preferentes en el novedoso estado de bienestar, emergente de los restos de la guerra. Aquellos niños nacidos del triunfo del mundo libre pronto destaparon las contradicciones en las promesas hechas por sus mayores. Así como la descolonización en África, Asia y América, floreció gracias a una corriente amplia vertida desde el discurso occidental para oponerse a su propia lógica de dominación, al interior de los países industrializados y dominantes los jóvenes levantaron la voz por una posibilidad utópica inscrita en los horizontes que se proyectaron en los mecanismos que los habían formado.

El ser joven en París de 1968 o en México, o en Praga, sin duda no era una identidad unívoca, tampoco un ser definible atemporalmente, ajeno a una realidad resultado de los procesos sociales. Aún dentro de estas sociedades la divergencia en las conceptualizaciones y formas de vivir la juventud eran amplias, no era lo mismo aquel hijo de campesinos trabajando en la fábrica, que aquel que accedía a la instrucción escolarizada siendo hijo de obreros, o aquel que en el campo continuaba trabajando la tierra, continuando las costumbres de su pueblo. Precisamente entre aquellos que se beneficiaron más de aquella consideración desde las estructuras políticas, los jóvenes de las ciudades, se dio la posibilidad de un momento al que yo llamaría como síntoma de lo que la globalización estaba enraizando, la posibilidad de identificación más allá de las fronteras nacionales, mediada por una comunicación en disminución de impedimentos para la inmediatez. Las cartas de José Revueltas a los insurrectos de Paris sobre la preocupación atómica, la implicación de los medios internacionales en los sucesos de México bajo el reflector olímpico, el impacto en países como Japón, Finlandia y diferentes puntos de Estados Unidos, pueden mostrar ello.

Aunque la misma bandera, la soviética, fuera enarbolada por los jóvenes de París y México, y quemada por los de Praga, aunque los jóvenes de Berkley hayan optado por la no violencia y los del Barrio Latino de París por la confrontación con piedras y bombas molotov; la visibilidad que generaron al salir a las calles, pintar los muros de sus universidades, cuestionar las guerras y el uso de los progresos científicos, así como las posibilidades ofrecidas por la inobjetable racionalidad práctica desde las estructuras de poder, inauguraron la institucionalización de una lucha antes sumergida en el ámbito familiar, privado, para hacerlo público y negociable, la renovación de las generaciones de decisión y de acción legítima. Las edades normadas de reconocimiento para el pleno ejercicio de la ciudadanía fueron ampliadas en los años posteriores alrededor del mundo, los discurso en la ONU y la UNESCO fijaron agendas al tema, las masas estudiantiles chinas con el libro rojo bajo el brazo enjuiciaban a sus mayores por mandato de Mao, en fin, el papel de los jóvenes no volvería a ser la misma.

Sí, el 2 de octubre de 1968 en la Tlatelolco no se olvida, porque se ritualiza año con año, pero los jóvenes olvidan porque son otros, simple obviedad. Con todo, las luchas no cesan y más cuando las condiciones en las que los cambios sociales que experimentan los individuos se enfrenten a construcciones de realidad extraídas de una diferenciación, selección y ejecución de significados y prácticas dispuestas por estructuras económicas, políticas y culturales dominantes. Los movimientos juveniles que se expresan el día de hoy son especificidades sofisticadas del curso que las innovaciones tecnológicas y creativas ofrecen a los nuevos participantes de este mundo. Ya sean los jóvenes chilenos de secundaria sin medio de enfrentar a las tanquetas de policía en Santiago, en reclamo de la gratuidad del transporte público y mejores condiciones en los comedores escolares, los jóvenes Amusgos de Oaxaca al frente la radio ÑomDaa resistiendo las leyes mestizas, los jóvenes debajo del Circuito Interior a dos cuadras de la estación del metro Normal sobre sus patinetas y apropiándose de su espacio con grafiti, están en pie de lucha, una lucha silenciosa, diaria, sin grandes mártires, sin ex-miembros ahora políticos profesionales y sin grandes días, esas son las chidas. Gracias a los que fueron jóvenes y lucharon en esas sesiones inaugurales y que no figurarán en los libros de historia, para ellos la memoria de este día. Y para los ejecutores de la muerte…