Para concluir con lo acordado ya hace tres entradas, esta ocasión intentaré abundar en el problema de la verdad como palabra. Aclaro que en este escrito entenderé por palabra, a propósito de verdad, no sólo aquellos segmentos fonéticos ligados por el acento, el significado y las pausas potenciales de un discurso textual sino, al tiempo, los mismos elementos orales. Creo que esta cuestión será la más complicada de las que he pretendido abordar por los miles de problemas que se le atañen de facto al lenguaje mismo –pensaba en arbitrariedad y convencionalidad– de modo que decir de verdad por medio de la palabra es ya un asunto penoso.

Cercando esta verdad, aventuraría a sostener que es otro tipo de convención, ahora entre lo que se mienta en el habla y lo que se tiene en el pensamiento acerca de. Por lo que en sentido estricto el problema debe ir más allá de las palabras y se deberá concentrar también en si lo que se tiene en el pensamiento es verdadero –o en qué sentido lo es, con base en qué exactamente– y qué tan marcado es el trecho entre lo pensado y lo dicho. Siendo así, los problemas son notorios, ensayaré a continuación anotar los más.

  1. La verdad debe ser anunciada.  Al ser una verdad con relación  explícita a la divulgación –en tanto palabra– de, presupone de facto ésta misma necesidad. Todo lo que se halle en el simple pensamiento, por más que sea verdadero acorde con otras teorías no podrá ser dicho verdad sino hasta que sea expresado. La verdad puede –debe incluso– proferirse. No existe la verdad inalcanzable mediante la palabra, no hay lo indecible. La verdad se dice, y esto se hace sin más. Para esta teoría, quién sabe si lo que no se dice -lo que no puede ser dicho, pues- sea verdadero o sea, sencillamente.
  2. La verdad dicha en concordancia a lo pensado. La verdad parece inclinarse más del lado de empate entre el pensamiento y lo que se dice de él, que de la adecuación de las cosas reales –comprobables con el hecho mismo– con lo dicho o lo pensando incluso. De ser así, puede tergiversarse a grado tal, de tener por cierto sólo aquellos enunciados correctamente conjugados y que se sostengan con base en una premisa o en un conjunto coherente de éstas.  
  3. Palabras como posibilidad de agotar la descripción de la cosa. En otras palabras, el ya mencionado trecho entre lo que se concibe en el interior del sujeto y lo dicho. Me parece que se tiene por cierto que lo que se comunique de cualquier cosa da cuenta cabal e idénticamente de esa cosa. No es que esté en desacuerdo con dicha postura, pero habríamos de pensarle un poco más a esta visión, pues el lenguaje natural con sus muchas “interpretaciones”, “posibilidades”, “tropos” y demás cosas por el estilo, puede tornarse voluble, contingente y azaroso –aunque claro que la realidad misma se encuentra a veces así–. Además se tenía que aceptar comunidad entre los parlantes, como condición de posibilidad de esta clase de verdad. 
  4. Equiparación del contenido con lo mentado. Ya que se sabe que la verdad se dice, parece aceptarse la postura de que lo dicho remite a algo y a algo verdadero. Creo que esta teoría de la verdad soslaya el asunto de la mentira o la falsedad.

Los problemas de esta verdad quizá rebasen lo aquí anotado, simplemente se debe primero atender a los problemas del lenguaje mismo. No me persuade que la verdad pueda ser dicha de este modo, es decir –a diferencia de lo verdadero– que pueda ser dicha. La Verdad,  no como petición de principio sino como certeza apodíctica, no se agota con la sola palabra en cualesquiera de las virtudes de ésta.

Concluyo, con esta entrada, mi cándida –pero osada– investigación de la verdad o lo verdadero. No pretendí jamás agotar el tema, eso sería titánico y casi inhumano, sólo quise formular claros y más férreamente apetecí generar preguntas. Ahora sí, aclarados pero dubitativos continuemos la intrincada senda que nos habrá de llevar, si la Diosa así lo quiere, a la región divina  de la Verdad.

La cigarra