Que choquen nuestras copas. El mal que nos abruma

Sepúltese en un piélago de límpido licor;

Que allí se queme el alma, y en alas de la espuma

Audaz el pensamiento remóntese hasta Dios.

Antonio Plaza

 

La lista es extensísima. Pintores, poetas, músicos, cineastas, bailarines, escritores, escultores y demás personas exitosas en su arte (pensando la extensión a deportistas, por ejemplo) conforman el grupo de gente excepcional en lo suyo, relacionada con el uso de algunos compuestos que alteran su cotidianeidad. Incluso, en tanto se hable de Arte y sus personalidades a lo largo de la historia, es más numeroso el conjunto de humanos inmiscuidos con dichas sustancias que el que se mantiene alejado de éstas. Situación que sin más orilla a imaginar las drogas –en cualquiera de sus vertientes– como condición de posibilidad de la destacada creación artística. Planteamiento que sirve de pretexto a muchos y de incentivo a algunos más.

Pues bien, si estuviéramos empecinados en establecer una ruptura en la ya tradicional comunidad de Arte y drogas, comenzaríamos distinguiendo las limitaciones a entender respecto al sentido en que será tomada la palabra Arte e incluso lo qué será denominado como algo seriamente artístico. Entenderé Arte como la actividad productiva creativa realizada con habilidad y excelencia y Obra de arte como el resultado del ejercicio propio del arte. Lo cual parece señalar fácilmente un corte, pues si el uso de cierto tipo de sustancias pervierte el correcto desempeño de las más básicas funciones corporales, no sabría qué tanto puedan contribuir en la fabricación de algo que tenga que ser realizado hábil y excelentemente. Claro que la respuesta inmediata es que mucho dependería de qué será tomado como hábil y excelente. Cuestión que ha perseguido y ha mantenido un debate crónico entre las mentes centradas en el Arte, pues existen muchos géneros o ramas de éste, cada uno con sus parámetros y visión –algunos parecerían inclusive contrarios entre sí- y que, sin embargo, todos han sido abrigados bajo el mote de artísticos. La habilidad y la excelencia del objeto artístico, se califica con caracteres que rebasan lo que el sentido común o los más denominarían puerilmente hábil y excelente.

También podríamos científicamente aludir a los bien sabidos efectos que devienen luego del contacto con la sustancia modificadora –sin afán de abundar en el tema de la adicción y sus consecuencias somáticas– abarcando desde alucinaciones o euforia hasta depresión y sosiego. Lo cual de facto trae eso que algunos han denominado inspiración y otros, en contrapuesto, falsa musa. Cierto es que el estado que surge a partir de su consumo varía indefectiblemente con un estado de normalidad como en el que se está en ausencia de las mismas, pero eso no necesariamente indicaría que se está en contacto directo con el Arte. Es decir, que aunque en estado maniático el artista se sienta más cerca de un mundo digno de ser plasmado o halle afinidad creativa con lo que ve, no hay nada que sostenga la autenticidad de ello. La cosa interesante es que tampoco nadie con certeza puede desdecirlo. Explican los que saben que los talantes alcanzados por los psicoactivos son consecuencia justamente de la modificación hecha en el sistema nervioso antes que alguna especie de comunicación con los dioses, es creación de la corteza cerebral del paciente y no un acercamiento al mundo que suelen aludir. Lo interesante a denotar es que nadie puede aseverar con firmeza que el vínculo inspirador no se encuentre sólo luego del consumo de los psicoactivos. Como si la verdadera naturaleza del Arte y lo denominado tal, sí tuviese estrecha relación con ese mundo extraño por, sencillamente, incubar allí. Y así podría continuar la retahíla a fin de figurar cierta escisión entre el Arte y el consumo de drogas para su creación, pero no lo haré.

Es visible la fama que posee el uso de variados tipos de sustancias a fin de estimular las acciones y llevarlas más allá de las que haría un individuo común en un estado común a partir de los resultados que han obtenido personas como las ya mencionadas. Muchos de los más grandes ídolos, muchos de los versos más desgarradores, muchas obras magníficas entre las magníficas tuvieron su génesis luego de un buen viaje psicodélico. Podría decir que –a propósito de Arte y drogas– ésta es  una relación expresa y férrea pero no por ello necesaria. El genio es genio por sí y cierto es que aceptar la relación como ineludible le resta mérito a la persona y se lo otorga al alcaloide. Le quita el mérito a Hendrix y se lo da a la heroína. Las más bellas composiciones artísticas serían autoría de menjurjes cualquiera y no de hombres espléndidos. No puedo, empero, olvidar el uso medular que ha mantenido a los estimulantes dentro del ámbito artístico o intelectual; empleo que comenzó siendo ritual –pensaba en los Misterios de Eleusis– y que continuó su camino aunque  quizá no por el mismo rumbo.

Alcohol, estupefacientes, Skittles, narcóticos o cualquier componente adictivo de esa clase resulta benéfico si ayuda a alcanzar el Edén artístico, aunque perjudicial en el mundano terreno de los exámenes médicos.

 

Si de nada nacimos, si al fin nada seremos,

Porque todo es fantasma, delirio, falsedad;

Pues alegres ¡qué diablos! la vida pasaremos

Con una copa al lado y al otro una beldad.

Antonio Plaza

 

La cigarra

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