Despierta

Y se da cuenta de que respira, difusamente también de que lleva rato ya despierto,

Pero le cuesta enterarse, las imágenes se suceden y mezclan unas a otras

Como si de las caprichosas formas que el humo emanado de la punta de un cigarrillo se tratase, se va percatando de su situación.

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No está precisamente acostado, su respiración, lejos de apacible, está agitada

Su piel, empapada en sudor, y en los huesos duelen los alfileres que imagina por la fiebre que se carga.

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Apenas alcanza a distinguir el techo de las paredes, pues se encuentra en una habitación blanca y muy iluminada, a esto añadimos que uno de los golpes apenas le deja abrir el ojo derecho y, encima, que es el mejor que tiene.

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No sabe dónde está, y la boca le sabe a sangre. Con la lengua alcanza a sentir que sus dientes ahora parecen aserrados y que su boca tiene una hinchazón tremenda.

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Ha pasado un rato más y se percata de que alguien tuvo el detalle de envolverlo en un zarape. Ni pensaba levantarse, el dolor es enorme.

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No tiene forma de calcular el tiempo, pero siente que es el segundo o tercer día. No hay ventanas, ni sol, ni un reloj, ni otro ser vivo. Y la complicidad que hay entre sus dolores y la casi total ausencia de recuerdos contribuyen al extravío y a ignorar el hecho de que no se ha alimentado en ese tiempo.

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Su aliento, a ratos le hacen ver cosas: cada vez que aspira le duele del interior de la nariz hasta el tórax, cada que exhala, el vapor que sale de su boca y nariz toma formas. No, algunas vagas sugerencias de figuras, jirones de rostros, fantasmales estructuras de lugares que, así como llegan sustituyendo al anterior, son suplantadas por el siguiente. Un desfile de cosas tan lejanas como sospechosamente familiares se suceden de continuo.

Cree ver un rostro, cosas, situaciones que se esfuman. Piensa que su cabeza está tan vacía como el cuarto en el que está.

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De todas las figuraciones la de ella es la única que regresa. Aunque nada le asegura sea la misma, le parece no imaginarla dos veces de la misma manera

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Solo hay dos cosas que le parecen recurrentes en el desfile de imágenes: la imagina riendo mientras una bocanada de humo se le escapa y, nuevamente ella, con la mirada fija en algún punto, con un gesto melancólico.

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De repente un cambio. Aquél hombre pasa de la indiferencia a la obsesión. Finalmente ha llegado a una idea es esta: que si logra intuir quién es ella podrá saber qué hace ahí, quién es, y quizá si vale la pena hacer algo por sí mismo.

A estas alturas, el dolor es ya infernal, el hambre ha dejado de ser tolerable y nuevos achaques aparecen. Sin embargo se propone no levantarse sin saber el misterio que guarda esa sonrisa o el dolor detrás de esa nostalgia.

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Intenta de juntar los recuerdos. La ve con el gesto triste, recargada —de un ¿coche? ¿Ahora escritorio? ¿quizás una pared?— con el cigarro en la mano izquierda, su vestido floral y con el peinado alto. Unos treinta, treinta y dos años. La nariz recta los ojos claros y una piel blanca que muestra unos muy tenues signos de edad.

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La ve una y otra y otra vez, en esas visiones alternas que, sugieren ser los extremos de toda química de las emociones, ahora la ve con sus labios carmesí que bañan –de abajo hacia arriba— con hilillos de humo el resto de su rostro, ascendiente inunda las fosas en su nariz, continúa subiendo hasta sus ojos, pasa por el lunar que está junto a su ceja derecha y se pierde entre su fleco. Su cabello se mece al ritmo de esa risa, sus ojos se contraen. No guarda la textura de su risa, que fluye muda como las aguas subterráneas, tampoco ve sus ojos. Que pudieran ser cuencas vacías éstos y el estrepitoso ruido de cristales rotos aquélla es lo único que realmente le atemoriza. Y así, con la última bocanada de aquella actriz de comercial se escapó su último aliento.

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