“Si tuviera en mis manos la espina de la nación,
no dudaría en quebrarla antes de que me quebrara a mí

– “Asibal King’s Court”, de William Harvester

Por A. Cortés:

No hay que ser demasiado listo para darse cuenta de que en este mundo son muchos los que piensan que el poder es lo mejor que puede tenerse. Es divertido que una frase como ésa parezca sacada del principio de una película de estreno, porque revela el hecho de que estamos expuestos con mucha frecuencia a cierta opinión sobre el poder que ya de resobada la encontramos casi como propia y evidente. Y cuando hablo de poder no me refiero a algo demasiado difícil ni demasiado alejado de nuestra experiencia: hablo del deseo de controlar a otros y de tener al alcance los medios para satisfacer todos los deseos con la mayor facilidad posible. Muchísimas de las obras publicadas al respecto retratan al poder muy fácilmente como algo malvado, o algo que sabemos que la gente malvada desea para sí, y el villano icónico del cine estadounidense es el hombre sediento de poder. Con todo y eso, me parece que muchas personas, que compartirían esta opinión si se les preguntara, actúan revelando que concuerdan en que nada hay mejor en esta vida que ser poderoso.

Lo que me parece llamativo del asunto es que la avalancha dogmática parece actuar como vacuna contra la reflexión al respecto: en todos lados la opinión es tan gastadamente la misma, y es tan corriente que todos admitamos que la sed de poder es dañina y deshumanizante, que nuestra vida cotidiana está casi por completo desprovista de preguntas sobre nuestra propia manera de actuar en relación al poder. Y la primera pregunta es si de verdad es tan malo desear poder. La segunda es qué tanto lo deseamos nosotros. ¿Por qué digo que mucha gente actúa como deseándolo? Porque muchos hacen lo que hacen para escalar en la pirámide laboral, que no es otra cosa sino una manera de organizarse para que quien más dinero gana tenga más potestad sobre los demás que trabajan. Y muchos de los que quieren ser adinerados lo quieren no por otra cosa que para manejar a los demás, y para satisfacer sus deseos.

Ahora, ¿qué tan malo es en realidad? Por lo pronto parece imposible que alguien viva en una sociedad (ni fuera de ella) sin poder en absoluto. Y aunque tal afirmación pueda parecer frívola, la verdad es que me parece necesaria para empezar: la experiencia de nuestra vida incluye nuestra potencia para actuar y nuestra relación con los otros. Cuando organizamos algo, estamos manifestando nuestra fuerza para cambiar la disposición de las cosas como están, y eso es cierto poder. Lo que me parece es que el habla cotidiana, las quejas contra los gobernantes actuales, y el modo que tenemos de vivir en lo corriente los asuntos de poder nos han habituado a llamar poder solamente a cierta noción de exceso. Entonces, tal vez las preguntas que hice anteriormente deberían de hacerse con más cuidado, preguntándonos en dónde ve cada quién el exceso, o si consideramos que no es posible excederse al tener poder.

Por lo pronto, no creo poder resolver la cuestión sencillamente mostrando que poder lo tenemos todos en cierta medida, porque para eso no se necesitan tantos párrafos como los que llevo aquí escritos. En realidad, lo único que me interesa es que se haga notar lo poco frecuentemente que nos hacemos las preguntas relacionadas con nosotros mismos. Invito al lector a que se las haga muy en serio y con mucho rigor, por más enojoso que resulte darse cuenta de cosas sobre uno que son contrarias a lo que todo el día se la pasa predicando. ¿Qué considera cada quien que sería exceso de poder, y qué tanto desea vivir como el hombre poderoso? Porque si cada uno de nosotros pudiera hacer lo que le viniera en gana sin que nadie más lo molestara al respecto de su decisión, les aseguro que habría unos más felices que otros haciendo todas las cosas que nos pintan como barbaridades en las películas.

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