El ser humano, por más que intente ocultar su rostro, es un ser diáfano que no puede elegir dejar de expresar lo que es sin dejar de serlo, es un manantial de acciones, que deja emerger a su ser a través de lo que va haciendo, cuando actúa mesuradamente se presenta ante nuestros ojos como un ser tranquilo y apacible, pues no deja que su cotidiano hacer turbe su ánimo; en cambio, cuando sus acciones son apresuradas, sin moderación alguna, podemos ver que las aguas del manantial de acciones se turban, se ven inquietas y se manchan con el color del lodo que hay bajo ellas, el rostro del hombre se torna rojo antes de volver a ser un rostro calmo.

Una de las experiencias que mejor muestra la turbación del ánimo que se desprende de las acciones apresuradas es la vergüenza, esa pena que sólo siente quien piensa en sus propios límites. Todos hemos sentido alguna vez vergüenza, ya sea antes o después de actuar, nos avergonzamos ante la idea de hacer algo que consideramos indigno o para lo que no tenemos aptitudes; también sentimos vergüenza cuando intentamos hacer algo que creíamos haríamos bien y resultó desastroso; de modo que la presencia de la vergüenza depende de lo que pensamos sobre nosotros mismos.

Cuando nos avergonzamos antes de actuar, la pena que nos causa la idea de hacer algo deshonroso o ridículo impide que actuemos, y lo que nos turba es que pasara esa idea por nuestra mente, nos dejamos de sentir tranquilos porque por un momento pareciera que estamos luchando contra nosotros mismos, en especial cuando deseamos hacer algo y después nos percatamos que aquello que estábamos considerando en realidad es algo de mal gusto o que no podemos hacer bien.

Por otra parte, cuando sentimos vergüenza después de haber hecho algo nuestro ánimo se turba debido a que de momento nos hacemos conscientes de nuestros límites, es decir, nos percatamos de que no tenemos aptitudes para hacer ciertas cosas, como pasaría con alguien que preciándose de ser un cocinero excelente se aventurara a preparar un banquete y aquello que debiera saber dulce supiera amargo.

Lo contrario a la vergüenza es la desvergüenza, y el desvergonzado, en caso de haberlo, no se limita ante nada, es decir, no actúa con mesura, no se detiene ante la idea de hacer algo por considerarlo indigno o por ver que no es apto para hacer tal cosa, tampoco siente pena una vez que se ha demostrado su ignorancia o carencia de aptitudes, inclusive llega al grado de confundir la vergüenza con la cobardía, y tachar al moderado de timorato por no aventurarse temerariamente a actuar.

Un desvergonzado sonríe ante la crítica que de él puedan hacer los otros, no se duele del dolor que pueda causar a los demás o del daño que hace a su propia alma por actuar como lo hace, podríamos decir de él que es extremadamente caprichoso al grado de no tolerar que se le concedan sus antojos, no hay dificultad para encontrar algo de desvergüenza en un tirano, y digo algo, porque no he escuchado de alguno que sea tan falto de vergüenza como para no procurar esconderse en el momento de llevar a cabo ciertas cosas.

Hay momentos en los cuales la desvergüenza de algunos se ve con mayor claridad, uno de ellos es la búsqueda de reconocimiento, un hombre con vergüenza, no deja que se le celebre por algo que no ha hecho, o que no ha quedado bien hecho, es moderado no sólo al actuar, sino también en permitir que los demás celebren y honren su actuar, si bien no deja que lo digno de ser reconocido por los demás quede en el abandono, tampoco permite que se honre a lo que no se merece ciertos honores cuando así lo pretende hacer la comunidad. Es claro que para frenar o propiciar tales actos, el hombre con vergüenza ha de conocer bien aquello a lo que se pretende encomiar, o dejar de hacerlo.

Se dice que hoy, es el centenario de la UNAM, y muchos están celebrando la existencia de la institución, hacen pasarelas y procesiones rememorando sucesos a los que casi nadie presta atención, se crucifica a los críticos que se atreven a señalar las carencias de la misma, y se planean espacios de reflexión que sirvan para recalcar la grandeza de lo que parece ya no tener identidad, ante tanta algarabía y tanto sacrificio un hombre con vergüenza se detendría y vería qué es aquello que se critica y a aquello que se celebra, para ver qué tanto hay que hacer respecto a lo que resulta vergonzoso, y por ello criticable, y lo que no lo es, así como tampoco tendría porque dejar pasar sin el honor debido a lo que merece recibirlo.

Antes de usar timbales para callar a quienes desean señalar lo vergonzoso de la institución y de todos aquellos que de alguna manera formamos parte de la misma, cabría que el hombre con vergüenza se preguntara si lo que hay que festejar es el existir durante 100 ó 200 años, o el hacerlo buscando siempre la mejor y más bella manera de vivir.

Addendum: Es lamentable que el Auditorio Justo Sierra lleve tomado una décima parte de la vida de la UNAM

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