Un apretón de  manos es lo primero.
Un apretón de manos, después decir tu nombre.
Es lo correcto.

-Alicia en el País de las Maravillas

De A. Cortés:

Respondo a lo que Maigo escribe en “Apretón de manos” con gusto, porque me parece que dice bien que hablar con alguien es en algún sentido mirarse. La mirada en el espejo es quizá de las metáforas más agradadas por la presteza de su experiencia y por el énfasis que el mueble da de las diferencias en lo que reconocemos como semejante; pero tal vez no sea tal cual sucede en el espejo lo que pasa cuando estamos platicando con alguien. Y es que parecería que mirarnos distorsionados siempre es el efecto de un mal espejo, o de uno de broma, mientras que la fidelidad es la imagen que nosotros juzgamos como “la nuestra”, como “ésta y no otra”. Si es así, entonces tal vez pensemos que no podemos más que encontrar a un buen conversador que nos haga vernos, y que los demás están bromeando, cuando lo que en realidad sucede es que con cada cual tenemos nuestro propio modo de hablar, y de uno a otro tenemos miradas muy diferentes sobre quiénes somos y quiénes son los otros.

Cuando platicamos en serio con alguien, no sólo escuchamos y respondemos, sino que en el modo de nuestra respuesta se logra atisbar el modo en que lo vemos. Lo malo sería decir que esto es una distorsión. Así como nuesstro nombre no es el mismo entre todos nuestros conocidos (y por eso los apodos, los juegos nominales, y las abreviaciones), así tampoco somos nosotros la misma cosa inmóvil cuando platicamos. Pero imaginarnos que es benéfico reconocernos en los otros puede inclinarnos a la percepción de que todos los demás están inclinados a mostrar una pequeña porción reflejada de lo que somos en total. Y podría llegar a decir que es así, si no le tuviera tanta desconfianza a las sumas en donde no hay matemáticas. No podría decir con tanta facilidad que somos la suma de lo que se dice de nosotros, porque nos anularíamos en nuestra propia conversación en la que pensamos en lo que decimos. Tampoco parece confiable la postura en la que nos consideramos una sola pieza de un solo tema, que conversa del mismo modo siempre y que con ello puede conocerse, como si dijéramos: “¿quién es Marpiaco? Ah, es el que habla del hambre social”, “¿y quién es Frestala? Ah, pues la que habla de tabaco”. No somos así de sencillos tampoco.

Creo que no hay modo sencillo de decirlo, pero nuestro nombre y nuestra voz no son siempre la misma cosa para todos, y creo que en buena medida llegamos a ver algo más sobre nosotros mismos porque así sucede también con todos los otros. Al enfrentarnos amistosamente a alguien compartiendo la palabra, logramos ver qué pasa con nosotros cuando estamos con éste o con aquél, dependiendo del modo en que éste o aquél nos han resultado por lo que de ellos sabemos. Y así, lo que hemos visto de nosotros siempre está confrontándose de nuevo, no tanto como en un espejo, sino como mejor dice Maigo después, y que dice también el buen Sócrates, en un ojo. Estar mano a mano con el otro y platicar para despedirse con un apretón es enlazarse en lo que se dijo comprometiéndose con el otro. El compromiso viene del reflejo: yo sé que lo que el otro vio depende de lo que dije y de cómo lo dije,  y por eso más me vale haber intentado decir bien. Ya que podamos enfrentarnos de nuevo, volveremos a abrir la conversación dándonos la mano, y escuchando, y hablando.