Como lo he anunciado con antelación, en esta entrada referiré a la verdad intelectualista –por llamarla de cierto modo– y a lo que a ella compete. La que entiendo por verdad intelectualista es aquella que han denominado como la adecuación entre lo pensado (lo que se tiene en el pensamiento) y la realidad propiamente.  Siendo laxos con la interpretación, y de acuerdo a lo que ya he sostenido, esta verdad también puede ser reducida a una conciliación entre dos cosas, claro que en este sentido de verdad deberá haber un ajuste más trabajado y mucho más peligroso, pensando en que la cuestión de lo pensado de facto evoca muchas complicaciones. Para la verdad de la que ahora hablamos he encontrado más fácil escribir refutaciones antes que alguna defensa o algún razonamiento que la sostenga con firmeza. Creo, pues, que lo primero que salta a la vista luego de bosquejar una teoría de esta clase, son los muchos inconvenientes que ella traería. En seguida tengo a bien señalarlos.

  1. El pensamiento de lo verdadero debe corresponderse con la realidad. Menudo problema. Parece irresoluble qué sería primero a qué, es decir,  qué se vería sujeto a qué, si la realidad al pensamiento (lo cual acabaría en un triste e injustificado solipsismo) o el pensamiento a la realidad (lo cual acabaría en un desfachatado modo empírico de sostener la verdad) Si nos parece que el mundo verdadero sólo lo es si lo he pensado primero se cancelaría la posibilidad de un mundo independiente del sujeto que lo concibe y de lo contrario quién sabe cuán certera sea la captación de eso que es el mundo de afuera.
  2. Posibilidad de una suerte de innatismo o ideas antecedidas a la experiencia. De lo anterior se sigue que, si la construcción en el pensamiento o conocimiento del mundo se basa en el mismo mundo, todo lo inteligible será necesaria y universalmente verdadero.
  3. Soslaya el asunto del lenguaje. Parece que no da cuenta –o al menos exenta el problema– más allá del pensamiento mismo. Si el lenguaje es la expresión del pensamiento y se quiere expresar la verdad que ahora se concibe en mente, no parece resolver claramente cómo ha de hacerse esto o si es posible llanamente hacerlo. Incluso, me atrevería a mirar, que al ser una teoría evocada a la adecuación del pensamiento netamente, no se podría dar cuenta de lo que se tiene por verdadero, pues a su vez cada individuo debería realizar el ejercicio de pensar en lo verdadero.
  4. Discrepancia entre pensamientos. Si cada individuo piensa de un modo particular tal, no se hallaría concordancia entre realidades,  contrariedad que nos devuelve al primer punto, pues la edificación solipsista del mundo resultaría ineludible.

La verdad que ahora nos atañe, crea dificultades mucho más serias que la que cree resolver cuando sostiene que ésta se debe corresponder tan solo con el pensamiento, pues carga de facto problemas hermenéuticos, semánticos, lingüísticos e incluso políticos.  No sé qué sostendría dicha teoría, me recuerda un poco –que alguien me desdiga de lo contrario- a la intuición fenomenológica, si se tiene alguna intuición de algo se tiene y ya; supongo que la verdad intelectualista apela a que el sujeto concibe una verdad y con ello se contenta, poseyéndola simplemente en su pensamiento. Cierto es que parece una fórmula aceptable, pues la adecuación de lo externo con lo interno fácilmente podría asirse como verdadero. Sin embargo, tampoco creo que dicha significación alcance a develar a la Verdad.

La cigarra