He estado pensando mucho últimamente. He estado pensando más de lo que me gustaría, si he de ser sincero conmigo mismo. Y es que ¿cuál ha sido el motivo de mis pensamientos? El motivo de mis pensamientos ha sido el motivo de los pensamientos en general, cotidianamente. ¿Por qué pensamos? ¿Para qué pensamos? ¿Pensamos? ¿Pensamos que pensamos? Me atrevo a decir que sólo la respuesta a la última de estas cuatro preguntas puede ser respondida con claridad: sí, pensamos que pensamos. Mejor sería decir: creemos que pensamos o asumimos que pensamos; que nosotros sí pensamos,[1] a diferencia de la mayoría de los pobres diablos que no reparan en las cosas importantes que deben ser pensadas por nosotros, los animales pensantes que se supone que somos, en vez de sumirnos en vacuidades como aquéllos. Y ese es un gran problema. Pensamos que pensamos y que, por el hecho de hacerlo[2] somos mejores que el resto de las personas que habitan este mundo o que simplemente se encuentran en él. Pensamos que pensamos, eso es seguro. Y, sin proponérnoslo explícitamente, al pensar que pensamos, damos respuesta a las otras tres preguntas de las cuatro planteadas.

Sí. Sí pensamos, en respuesta a la tercera de las cuatro preguntas (¿pensamos?). Pensamos porque somos los entes que piensan, o por lo menos porque nos sentimos dignos de ser esos entes que piensan, en respuesta a la primera de las cuatro preguntas (¿por qué pensamos?). Para qué pensemos, eso sí tiene tantas respuestas diferentes como modos de ser distintos de los hombres existen. Pero creo que ninguna de esas respuestas satisfacen mi inquietud por el motivo de los pensamientos que ha sido el motivo de mis pensamientos últimamente.

Yo no creo que haya alguna clase de dignidad en el pensar que me ha estado ocupando; o por lo menos no una mayor o más grandiosa que la que tienen otros modos humanos de actuar. Y es que me doy cuenta de lo que se puede hacer al pensar (o a causa del pensar). Hay quienes deciden escaparse de la vida con el pensamiento, a torres de marfil construidas por ellos, lejos de todo. Eso no sé si sea digno, pero no me parece lo más adecuado en un mundo como el nuestro. Hay quienes deciden que nadie que no piense en aquello que ellos piensan, o en algo muy parecido, puede ser considerado semejante a ellos, con lo que terminan aislándose de todos y de todo. Estos no me parecen tan dignos como a veces se jactan de ser. Hay quienes creen, por otra parte, o más bien saben, que pensando se entregan al asunto más importante de todos, debido a la universalidad y a la importancia vital que caracteriza a tal asunto y que lo subyace…

Yo les creo más a estos últimos, aunque por alguna razón, no puedo compartir completamente esa idea. Quisiera creer eso mismo que ellos saben, pues creo estar cierto de que ellos sí lo saben; pero no puedo creerlo yo también. Dirán que me cierro de antemano, como si quisiera fingir que no tengo ojos y que no puedo ver lo que está frente a mis narices. Quizás tengan razón, pero no creo. Y no lo creo porque el problema es que lo que me es más evidente, lo que se presenta con mayor premura ante mis ojos, es que he pensado demasiado y ya estoy agotado. Y estoy agotado porque es mentira que pensemos, aunque pensemos que pensamos. Y si asumo esa mentira, como lo que ella misma es, es decir una mentira, entonces nunca podré salir del agotamiento al que me conduce el pensar. Todo sería mejor, ciertamente, si pudiera creer que esa mentira no es mentira, pero nada me asegura que no sería el caso que terminara comportando como los escapistas o como los enajenados y soberbios que se creen superiores, despreciadores de todo lo que no es ellos. No puedo estar seguro de ello. Mejor será que deje de pensar para así descansar un poco. El problema es que no dejo de pensar que la raíz de todos los problemas se encuentra justamente en el pensar, pues no es cierto que pensemos, aunque creamos que pensamos.


[1] Quiénes seamos estos que pensamos, eso sí es un misterio, aunque creo que muy en el fondo tenemos una idea al respecto.

[2] Mejor sería, quizás decir, “llevarlo a cabo”, para quienes no gustan del término “hacer” para referir al “pensar”.