Comienzo por agradecer esta invitación a Maigo, me hace sentir muy grato incorporarme como invitado al Blog, del que algunas veces he sido un fugaz comentador de entradas.  Mi papel en el tema que se me ha otorgado versa sobre el bicentenario de la independencia de México, un tema que sin duda no adolecería de material suficiente para redactar todo un ensayo completo, pero que sin embargo he de asumir la responsabilidad de moderar mi opinión al respecto, pues si bien no me hace falta leña de dónde cortar, en lo que respecta a ésta, mi primera aportación, me siento comprometido a brindarles una lectura amena al respecto.

Mucho de la temática aquí expuesta refleja de algún modo las sesiones que hace un tiempo tuvimos en el seminario “Razón y Revolución”, entre Maigo, Octavio y Yo, los únicos asistentes constantes. Mis intereses, aún después de finalizar las distintas sesiones del seminario, siguieron rondando las temáticas de la novela histórica mexicana y las diferentes cuestiones que planteaba Maigo, al punto de proponerle revisarlos, creo que hasta ahora se ha quedado en la mesa. Es tiempo de manifestarlos como tal.

El presente abordaje representa una parte de un ensayo mucho más extenso sobre la Novela histórica mexicana que se presentará el 30 de septiembre de 2010 en el Primer congreso de Lengua y Literatura  FES Acatlán a las 9:30-11:00 en la mesa titulada: Reflexiones de la novela Mexicana I.

Hace algunos años en el periódico El Universal[1] anunciaban que los genes de la población mexicana era una mezcla de 35 grupos étnicos, el Instituto Nacional de Medicina Genómica había concluido el mapa del genoma humano de los mexicanos. Mi sorpresa fue grande cuando en plena crisis de Influenza se diera a conocer en una especie de informe público lo que se prestaba a un equívoco. ¿Cómo es que todo lo que representa a un mexicano pueda manifestarse en una síntesis literaria? Es decir en un informe que se jacte de exponer a todas luces: Lo que hace ser al mexicano, mexicano y no otra cosa. He allí la cuestión.

a)    Como respuesta tenemos esta primera instancia: La Biología (En nuestro caso la Genética), a la que Scheler contesta con su Teoría de los Valores. Respuesta mucho más cercana a la teoría Darwinista, que en su tiempo levantó tanta controversia, pues desprendía al hombre de su diferencia específica aristotélica y lo conectaba mucho más directo a una serie de periodos eslabonados, que lo conducían en retroceso a un pasado animalesco.

b)    La otra: La Filosofía. Ésta afronta problemas aún más fuertes, pues las discusiones al respecto no datan de hace poco. El intento de José León Portilla es, por demás, de antemano fallido, pues buscar un pensamiento  cuyo desarrollo se plantea en un entorno fuera de contexto, presenta serios problemas que, lejos de estrechar nuestras posibilidades de aniquilar el equívoco, tiende a cometer  actos de asimilacionismo.

c)    Otra más podría ser la historia. Nadie más que el mexicano podría portar a cuestas aquella historia llena de intrigas. Políticamente México nace como una colonia española, tiempo después se independiza y afronta la problemática de la autonomía, vive constantes convulsiones bélicas desde la guerra de reforma, la intervención francesa y norteamericana, el gobierno santanista, el porfirismo, la revolución, expropiación petrolera, guerra contra el narco, en fin: la consolidación de su estado. Todo ello tan arbitrario como arbitrario lo es también el nombre: México y los Mexicanos se prestan a la arbitrariedad, su historia también. Con ello se generan las historias oficiales.

Frente a ello, ¿cómo es posible determinar rasgos comunes que permitan compilar en un solo género al mexicano? ¿Abriendo la posibilidad de establecer un mapa de estudio de lo que nos compone cuando nos anteceden siglos enteros de mestizaje? La historia, sin embargo no se nos manifiesta completamente heterogeneizada. Nuestros antecedentes se centran en el desarrollo de nuestra misma identidad, muchas veces coincidentes, otras más bien discrepantes. Se suele revestir de mitos y leyendas, intentos de adornar con guirnaldas literarias una misma historia (llámese: El pípila o Los niños Héroes)

Sin embargo la historia, mi historia, de mí país, que año tras año fui asumiendo en tiempos de estudiante de secundaria y preparatoria, la que creí irrefutable, se vio en el mejor de los casos cuestionada, en el peor, totalmente negada o degradada a chisme, los cánones del héroe revolucionario se vieron diluidos, los mitos desmitificados. La razón: En mis manos había caído una novela histórica mexicana. Desde entonces me volví un seguidor de este género.

d)    Ello nos abre otra vía de conocimiento del mexicano, su literatura histórica.

EL bicentenario se presenta como una fecha oportuna para hablar al respecto de ello. ¿Qué es lo que nos puede comunicar nuestra literatura al respecto, que ni la Biología, ni la Filosofía, ni la Historia pueden hacer sino es en su conjunto con ella? La respuesta se me manifiesta en este escrito en un sentido clara: Las reflexiones sobre nuestra novela histórica mexicana nos brindan un camino idóneo para el estudio de nuestra cultura y con ello nuestra identidad. Ello sólo si sometemos su estudio no a un análisis lingüístico, ni a una interpretación escueta sino a un estudio Filosófico, más propiamente: Si hacemos objeto de estudio de la Filosofía de la Historia a la Novela Histórica.  Y es que la Historia podría poseer al menos dos acepciones: 1) La totalidad del pasado acontecido y 2) La explicación de ese pasado.

-Problema- La novela por su parte es una obra literaria, en prosa, en la que se narra una acción fingida en todo o en parte. Poco importa a la literatura apegarse a los hechos como tales, enriquecer la historia con la fantasía es parte de su hacer, pues mientras la finalidad de la literatura es causar placer estético al lector, la historia busca reflejar los hechos como tal.

La literatura y la historia, no obstante, intentan conciliar estos objetivos divergentes en la novela histórica, pues si bien es posible darle rienda suelta a la imaginación sólo tomando el nombre de una figura histórica, también es posible que baste la vida militante como tal, para comentar sucesos no menos placenteros ni desapegados de una realidad destacada y llena interés tanto para el estudioso de la historia como para el aficionado lector de literatura fantástica, sorprendiéndose ambos por ello. También existe la posibilidad que tras una fachada atiborrada de fantasía exista un fuerte mensaje cifrado, de contenido histórico, del que hay que “leer entre líneas”.

Edward Hallett Carr en su libro: ¿Qué es la historia? Menciona dos extremos que a modo de Escila y Caribdis el historiador debe franquear con cuidado. (Cito)Uno es la historia como compilación objetiva de hechos, de una injustificada primacía de hechos sobre interpretación, la otra es la historia como producto subjetivo de la mente del historiador. O bien se escribe historia de tijeras y cola, sin importancia ni significado; o bien se escribe propaganda o novela histórica. A su juicio la espinosa tarea que incumbe al historiador es la de reflexionar acerca de la naturaleza del hombre[2], (Fin de la Cita) esto es el objetivo primordial de la Ética. De allí la importancia de la multidisciplina en las incursiones de la filosofía de la historia.

Según William Henry Walsh en su Introducción a la filosofía de la historia:

(Cito)Lo que todo historiador busca no es un relato escueto de hechos inconexos, sino una fluida narración en lo que cada acontecimiento esté, por así decirlo, en su lugar natural y forme parte de un todo inteligible. En este respecto el ideal del historiador es en un principio idéntico al del novelista o el dramaturgo. Así como una buena novela o una buena comedia parece consistir no en una serie de episodios aislados, sino en el desarrollo ordenado de la situación compleja de la cual parte, así una buena historia posee cierta unidad de argumento o tema.[3](Fin de la cita)

El filósofo de la historia, encargado de dirigir los actos de estudio de la novela histórica debe manifestarse como una autoridad al respecto. Conocer tanto la novela histórica como el contexto en el que se desarrolla. Abriéndose así una peculiaridad al respecto del tema: 1) El contexto en que se desarrolla la novela toma en cuenta la actualidad dramática de los personajes descritos pero al mismo tiempo 2) Genera un reflejo de cómo el novelista competente logra vislumbrar aquél periodo de la historia ya no como un registro histórico sino, muy al estilo de la hermenéutica, como una fusión de horizontes.

La propuesta de usar la novela no es nueva. México estaba en “la infancia de la novela” en 1869 –decía Altamirano comparándolo al amplio desarrollo que países como Francia, donde la novela de folletín cobraba auge con Dumas.[4]

Los albores de la Novela Histórica no se encuentran muy lejos. Según Lukács[5] tienen sus orígenes en el Waverly de  Walter Scott, publicado en 1814. Para inicios de la Novela Histórica Mexicana no habían transcurrido más de doce años, pues el género se inaugura no sólo en México sino en toda América Latina, con la obra Xicoténcatl, escrita por José Maria Heredia[6] (1826). Ello levanta una nueva cuestión: Es necesario que el novelista sea mexicano para que esta obra sea considerada una Novela Histórica Mexicana, o por el contrario para revelar las peculiaridades del mexicano ni siquiera es preciso participar de la cultura mexicana. Pues como ya hemos visto anteriormente hay que considerar tanto el contexto dramático como la actualidad del autor, e inclusive me atrevería a señalar la relación que poseen esas dos acepciones anteriores con el presente del lector y cómo se altera el sentido original del mensaje histórico. También ¿Qué tan lejos deba estar el autor respecto de su obra? Pues entre Heredia y Xicoténcatl distan muchas generaciones, pero otras obras como La majestad caída de Juan A. Mateos ha sido escrita al calor de la revolución maderista. ¿Cómo diferenciar la Historia, de la novela histórica, y de la propaganda política?

Me disculparán que tenga que interrumpir el discurso pero parece que me he extendido demasiado para la entrada del blog y apenas he abordado las primeras problemáticas de la novela histórica. Me bastaría con cerrar bajo dos cuestiones abiertas: ¿Es factible un diálogo interdisciplinario al respecto de la identificación del mexicano a través de la historia? Bien podría centrarme entre una de las máximas Pancheanas de que el hacer refleja el Ser del hacedor, pero tal como lo problematiza Nicol[7] en su Idea del hombre: La historia es un saber (científico o no) del hombre. El hombre es lo que hace, lo que se hace altera en el tiempo, es decir, lo que se hace no siempre es lo mismo ni de la misma manera. El hacer del hombre es un constante devenir, sin embargo, el afán filosófico busca indagar lo que permanece de lo que deviene. Por lo tanto la historia el estar compuesta por acontecimientos únicos e irrepetibles no es viable en tanto que ciencia del hombre.

Queda abierta la cuestión.


[1] El universal: Liliana Alcántara. Viernes, 09 de Marzo del 2007. El universal: Sergio Javier Jiménez, 11 de Mayo del 2009. http://genomamexicanos.inmegen.gob.mx/index.html

[2] Carr, E. H: ¿Qué es la historia? Ed. Seix Barral. México 1985. p 39.

[3] Walsh, W.H: Introducción a la filosofía de la Historia. Ed. Siglo XXI. México, 1971.

[4] Citado de Humberto Batis: Estudio Preliminar a los Índices del Renacimiento Semanario Literario Mexicano (1869)Ed. Ariadna. México, 2005.

[5] Georg Lukács: La novela histórica, trad. Jasmin Rauter, México, Ediciones Era, 1971

[6] Véase el estudio: González Acosta, Alejandro: El enigma de Jicotencal : estudio de dos novelas sobre el héroe de Tlaxcala. Ed. UNAM. México, 1997.

[7] Nicol, Eduardo: La Idea del Hombre. Ed. FCE. México, 2007.