Por A. Cortés:

Yo siempre me ando quejando de que el movimiento éste que se llama “arte contemporáneo” es una porquería sin pies ni cabeza, pero nunca con la soltura que le leí ayer a este hombre Fernando Vitaugusta. Les comparto su artículo en el último número de la revista IDO:

“¡Cúbranse todos! Los presuntos entendidos lo han hecho otra vez, y nos han lanzado con furia vengativa un muégano gigante que amasaron de las vanguardias moribundas y de las ya bien muertas. Dieron así al gran perdigón la propiedad de destruir hasta la concepción de arte que tenemos en los cuadros más bonitos de la casa (los que están en la sala).

Entrando al siglo XXI, ya tiene bastante estirada la pata la euforia de artismo que se había venido edificando desde el XIX con tanto impresionismo, expresionismo, surrealismo, fauvismo y demás. Pero su idea de arte no muere tan fácilmente, y ahora es heredada por un movimiento cada vez más grande: el Arte Conceptual.

Inspirados por un mingitorio famoso, admiten estos creadores que lo único que realmente vale en el bello arte es la idea misma de la obra; la expresión física es sólo un trámite necesario.

En frente de este idealismo artístico, los cánones de belleza y las nociones de proporción pierden todo sentido. Pero eso está muy bien. Siempre y cuando hayamos encontrado al fin, después de tantos siglos desperdiciados, el camino hacia el verdadero bello arte.

Aunque pudiera sospecharse lo contrario, el ingrediente secreto de este platillo no es muy visible: la posibilidad de perder de tajo cualquier concepto de bello arte. Cualquiera. No importa si se trata de lo que entendemos como su forma, como su material, como su idea, como nada. Completito se nos va. Planos, instructivos, chistes, discursos, lo que sea que deje sospechar una “buena idea” es ahora una obra de arte. Si algo nos parece fascinante, ¡que les importe a los ancianos conservadores si es un serrucho!, para nosotros, jóvenes modernos sin prejuicios, es arte puro y prístino.

Pero entonces el bello arte es en absoluto nada. Todo, para alguien en el mundo, es arte conceptual de un modo u otro. Algún viejillo zapatero en República del Congo hizo unas botas medio bonitas hace doce años, y por ello nosotros, hombres del siglo XXI, sabemos que le ha hablado la musa. Le cantó así como alguna vez le cantara a Sol Lewitt y también a Miguel Ángel. Y a nosotros más nos valdrá seguir su ejemplo y hacer algo productivo, como cazar o cosechar.”