No recuerdo bien cuándo, o cómo fue que sucedió, sólo sé que desde que lo vi por vez primera mi mundo cambió por completo, quedé prendada de su forma y conforme lo fui conociendo mi vida se iba haciendo cada vez más dependiente de su presencia, ahora busco estar cerca de él con una frecuencia que a muchos parecería enfermiza, sobre todo si son tan ciegos como para no percatarse de lo especial y lo importante que es.

Mi primer encuentro con él sucedió hace ya varios años, tantos que apenas recuerdo algunos detalles, mi memoria sólo me deja ver la ansiedad que sentía por tocarlo con mi boca y el deseo incontenible de recorrer con mis dedos su bello y esbelto cuerpo, irregular, donde debe serlo, y perfecto debido a esas mismas irregularidades. Hasta donde sé esa fue una de las pocas ocasiones en mi vida en que no me dejé dominar por aquella timidez, casi natural, que regularmente me impide expresar con claridad mis más íntimos deseos, y menos cuando me encuentro frente a un ser tan extraño como él, a simple vista tan común, pero capaz de abrir mi mundo y de llevarme a territorios siempre inexplorados.

Desde ese primer encuentro, y casi sin percatarme de ello, mi cuerpo comenzó a cambiar, mis manos se fueron acostumbrando a su presencia, y mis dedos se fueron amoldando a su cuerpo, al grado que ahora es perfectamente visible la impronta que ha dejado su compañía sobre mí; pero, no sólo han cambiado mis extremidades -metamorfosis necesaria para desplazarse por el mundo al cual me ha introducido la relación que con él he llevado-, también ha cambiado mi boca, hay momentos en los que sin darme cuenta de ello busco su sabor y acabo por morderlo, consecuencia de los nervios que a veces me provoca  no saber cómo conducirme por ese bello mundo hacia el cual me transporto cuando está a mi lado.

Cuando lo veo, casi siempre es signo inequívoco de que es momento para emprender un nuevo viaje a las lontananzas de mi mente, él se ha venido convirtiendo en el mudo testigo de mis mayores preocupaciones, borra las lágrimas de mis ojos y traza silenciosamente una sonrisa en mis labios, dejando que yo me mueva al ritmo que necesito; también ha visto mis ansiedades y mis alegrías; estando siempre ahí, fiel como el buen compañero que es.

No siempre reparo en su presencia, su mutismo, gran cualidad en él, no me deja hacerlo; sin embargo, no puedo evitar sentir su ausencia o los problemillas que tiene y que luego no lo dejan moverse junto conmigo;  lo bello de él, es que cualquier obstáculo que nos impida danzar al mismo ritmo tiene una solución casi inmediata, de tal manera que nos entrelazamos nuevamente y retomamos el paso, a veces acelerado, a veces dudoso, pero siempre siguiendo al pensamiento que busca ser expresado en el momento en que estamos unidos como si fuéramos un solo ser; lo cual no impide que en ocasiones nos equivoquemos y que tengamos que regresar sobre los pasos antes dados para rectificar el camino una vez trazado.

Así, entre danza y danza, vamos cambiando el uno y el otro, ambos envejecemos, sólo que él lo hace mucho más rápido que yo, y veo con perplejidad como cada día se encoje, al igual que Titono mientras más se acerca la luz de Aurora a iluminar aquellos pensamientos que sobre la hoja de papel he trazado con mi viejo lápiz.

Maigo.