En ocasiones ritualizamos la vida diaria. En mi caso, el rito comienza cada mañana, a las cinco con treinta, al tomar el periódico en las manos y fijar la mirada en el titular del día. Surcar cada una de las notas periodísticas, hacerse un tiempo entre bala y bala para un sorbo de café, desviar la mirada a algún detalle curioso en la pared para ver si se olvida alguna de los innumerables desgracias recién leídas y, tarde o temprano, llegar a ese oasis de tinta y papel que por años fue la Gaceta del Ángel.

Dirigiendo su sutil mirada a los acontecimientos diarios, Germán Dehesa recreaba el ir y venir de nuestros días. Los detalles que no todos vemos se presentaban en su columna con seguridad y elegancia. Lo mismo lo coloquial que lo culto, así como lo vil y lo noble, todo podía ser tomado por Dehesa y convertido en crónica. La sección de Dehesa rompía el triste desencanto de la maldad de los acontecimientos diarios, para sonreír socarronamente ante el rasgo comúnmente omitido y en su pequeñez digno de valía. No desviaba la mirada del lector del continuo de la realidad, sólo la acomodaba para poder contemplar la caleidoscopia de lo real.

Haciendo de la vida risa y de la risa poema, Germán Dehesa lograba en su columna preparar al lector desde las letras para la vivir la vida. Hace poco lo dijo con claridad: “no opto ni por la literatura ni por la vida, sino trato de ir y venir de la literatura a la vida, de hacerme mejor lector en la medida en que vivo mejor y vivo más, y de hacerme mejor vividor en la medida en que la lectura ilumina mi vida”. Leyéndolo, y leyendo con él la vida, sus lectores podíamos hacernos reales. Leerlo a diario, iniciar las mañanas acompañados de él, me permitía perseverar en la búsqueda de un ideal literario que justifica la ocasional ritualización de la vida.

Námaste Heptákis

Coletilla: Como diría Germán Dehesa: Montiel es una rata, que ganen los  poderosísimos Pumas y HOY TOCA. Además, seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.