De unos años para acá adquirí la costumbre de mirarme los pies, todas las mañanas,  mientras me encontraba sentado en el retrete para realizar los actos propios de las evacuaciones matutinas. Si me hubieran preguntado por qué lo hacía, creo que no hubiera podido responder cabalmente. Y no es que me gustaran mis pies ni que me sintiera orgulloso de ellos, no. De hecho odio los pies. De cualquier tipo, de cualquier persona. Me resultan no sólo inútiles, sino repugnantes – sí, sí, todos sabemos que sirven para caminar, pero la naturaleza pudo haber creado algo más bonito para esa hermosa labor de andarse paseando por doquier.

Conforme pasaba el tiempo, mi costumbre se volvió hábito y comencé a descubrir en mí cierta preocupación a la hora de la inspección de pies matutina. La preocupación comenzó a volverse ansiedad, habiendo días en los que el mediodía me sorprendía mirándome los pies desde el retrete, e incluso comencé a levantarme más temprano para poder mitigar mi angustia con prontitud. ¿Angustia a qué? Todavía no lo sabía, pero cada mañana me levantaba con la sensación de que algo podía estar mal. Corría al baño, me bajaba los pantalones del pijama y me dedicaba a observar atentamente el estado de mis extremidades inferiores: diez dedos con diez uñas. Ni uno más ni uno menos. ¿Ni uno más? ¿Ni uno menos? Cada mañana revisaba a cabalidad que estuvieran ahí diez, y sólo diez, dedos – con sus respectivas uñas, claro.

Pero, ¿en verdad creía que de un día para otro, de un momento al siguiente, podría aparecer o desaparecer un dedo en alguno de mis pies? ¿No era esto acaso un disparate? Así lo creí al principio, pero de alguna forma la angustia crecía. Incluso llegué a tener pesadillas en las que me encontraba caminando sin pies, o en las que tenía tantos dedos que mis pies parecían azotadores llenos de uñas y dedos en lugar de patas. Las mañanas se volvieron tortuosas para mí, e incluso pensé en pedir ayuda profesional… hasta que sucedió.

Una mañana, después de haberme convencido de que sólo eran locuras y de que no tendría por qué llevar mi caso a las ligas mayores del psicoanálisis, descubrí que algo andaba mal, verdaderamente mal. Mi rutina había sido la misma: levantarme, caminar hasta el baño, bajarme los pantalones del pijama, sentarme en el retrete, mirar hacia mis pies y – ¡qué cosa! – ver con la más completa y pura anonadación que me faltaba un dedo.

Así es, pero esto no lo supe sino hasta que hice el conteo de los dedos de ambos pies: nueve en total. ¡No podía creerlo! ¿Qué había ocurrido? Lo más extraño del asunto es que si me preguntan cuál era el dedo faltante no hubiera podido responder. A primera vista ambos pies parecían estar bien, estar completos. Sin embargo, en mi pie derecho había un dedo de menos, y eso lo supe únicamente por a las matemáticas. No había sangre, no había muñón alguno, ni siquiera se veía hueco o desproporción indicando que ahí debía haber estado un dedo, no sentía dolor. Mi pié estaba perfectamente bien, con el ligero inconveniente de que, en lugar de cinco, tan sólo tenía cuatro dedos.

Me levanté de un salto, me subí los pantalones y fui corriendo al hospital. Después de 10 minutos de inspección y unas cuantas preguntas de rutina – enriquecidas por exaltados y vivarachos comentarios de mi parte -, el doctor me comentó que era de lo más normal un defecto congénito como éste; que había casos más trágicos en los que las personas nacían sin brazos o sin piernas, y que debía de estar agradecido por haber nacido con un defecto tan pequeño como el no tener un dedo del pie. Cuando intenté explicarle que hasta el día de hoy siempre había tenido 5 dedos en cada pie y lo reté a que me dijera cuál dedo era el faltante, se limitó a mirarme seriamente diciendo que tenía mucho trabajo y que no lo estuviera importunando con niñerías.

Al regresar a mi casa le hablé a mi madre preguntándole si yo tenía algún defecto congénito, a lo cual me respondió que no se acordaba, que la dejara ver la telenovela y que le hablara después porque quería contarme sobre la boda de mi primo, a la cual no pude asistir. Mis amigos se rieron del asunto.

Los días pasaron sin cambio alguno hasta que, después de algunos meses, descubrí con cierta admiración que mis pies habían adquirido simetría. Y no es que el pie derecho hubiera recobrado el dedo faltante, sino más bien lo contrario: mi pie izquierdo había perdido un dedo y ahora sólo tenía ocho en total. Con el paso de los años fui observando – primero con asombro y terror, luego con resignación – la desaparición gradual de los 10 dedos de mis pies, luego los pies mismos, y ahora escribo este testimonio tan sólo con el dedo pulgar de mi mano derecha, esperando que alguien lo lea antes de mi aniquilación total y que se lleve a cabo una investigación no ya para ayudarme, sino para ayudar a algún otro pobre diablo que, como yo, no supo ni cómo fue que desapareció sin dejar rastro.

Gazmogno