Siguiendo el camino que me he trazado desde la entrada anterior, ahora me toca hablar acerca de la verdad como convención. Ya decíamos en la entrega introductoria a este trabajo, que la verdad parecería un tema del que no habría mucho por discutir si se apela a una idea de verdad como correspondencia en cualquiera de sus miles de vertientes (adecuación, convención, entre otras) pues el asunto sólo radicará en: a qué y en qué sentido se habrá de adecuar lo adecuable –aunque eso de lo adecuable creo que en realidad ya representa otro problema–. Pero no acontece que sea tan simple llamar a algo verdadero.

En el caso específico de la verdad como convención, parece fácil enunciar que en tanto el acuerdo o convenio de algo permanezca vigente, se dice de ese algo: verdadero. Sin olvidar, empero, que lo dicho debe corresponderse fielmente a lo dicho con el fin de dar cuenta de ese algo verdadero y exentar el problema de quedarse en el lenguaje diciendo –fonéticamente– una no-verdad o diciendo mal una verdad, quitándole su propiedad de verdad a lo verdadero, pues queda lejos de expresar con franqueza lo que ha de decirse. Y aunque así es sencillo esbozarlo, comprenderlo  y aún verlo reflejado en la cotidianeidad, teniéndolo por correcto o viable;  no es igual de digerible al momento de enfrentarlo a un estudio más serio y formal. Dicha aprehensión de la verdad convencionada carga con algunos problemas, mismos que a continuación me propongo señalar.

  1. Dicha verdad se atiene a un contexto histórico, social, temporal, espacial y demás que la sostiene. Pues si concebimos que dicha concepción de la verdad se debe a un acuerdo de personas que han decidido tener algo por verdadero, no podrá ser entendido algo por verdadero sino sólo a través de la visión exacta de ese grupo de personas que lo ve de ese modo. La verdad queda a merced del tiempo, el lugar o los acuerdos de las personas y se convierte en algo evidentemente fabricado, a merced de los convenios antes que a las cosas estrictamente y explicado sólo en su ambiente.
  2. El convenio caduca. Si para ser válido lo manifestado de verdad se sujeta a un grupo de gente que necesariamente se ve afectado por lo ínfimo de su propia existencia y su necesaria corrupción, al extinguirse las personas desaparece igual el convenio y lo que se decía verdad; pues aunque posteriormente fuese estudiada o validada, pertenecerá a un nuevo escenario, por lo que no será posible completamente asirla o la verdad hallada después no será la misma verdad.
  3.  Lo sostenido por los menos no será posible tenerlo por verdadero. La verdad será de aquellos denominados la mayoría o, en el peor de los casos, de los poderosos. No se pondrá especial atención en qué será la realidad –problema aparte del cual ya hablaré– sino en qué dirá la mayoría que es verdadero. No queda explícitamente definido quién hará los convenios o con base en qué, lo cual soslaya además esta posibilidad de verdad. Por lo que, lo que profese un solo individuo de algo que considera verdadero será no-verdad hasta que otros más se sumen a su corriente y lo tengan por verdadero también.
  4. Parece que el acuerdo sólo está en el nombre de lo que será tenido por verdadero. Siguiendo ese sentido de verdad, ésta sólo se queda a nivel de lenguaje. El acuerdo o convenio de lo que es verdadero sólo radica en los nombres de las cosas, por lo que se queda todavía más acá, en el lenguaje nominal

Esta  acepción de verdad fundamenta cosas como: Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad o La vox populi siempre tiene razón, y no creo que tales razones agoten la posibilidad de verdad o de poder decir algo de verdadero. Bien es cierto que esta corriente sí funciona y sí provee cierto grado de certeza en la realidad, al hablar en el mundo se suele ser mundano. Empero, considero que ésta noción de verdad aún le queda pequeña a la Verdad.

La cigarra

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