La música comienza y empiezan a surgir sombras de la completa y oscura inmovilidad en que todo estaba desde unos minutos atrás. Sombras que se menean de un lado a otro y sin cesar, siguiendo un ritmo en cierta medida homogéneo, aunque no carente de cadencia, proporción y consonancia con algunas variaciones igual de homogéneas, capaz de entusiasmar a las más negras de las siluetas de esas que abundan en el lugar. El sitio se convierte, entonces en un festejo hipnotizante, una orgía de formas en esencia solitarias, que se encuentran unas con otras y se funden como en una sola totalidad informe y movediza, sin encontrarse nunca, empero; permaneciendo en la eterna soledad del vacío. Vacío en que ha tornado la vida citadina y que, con mirada amenazante, va abarcándolo todo, sin excepción. La escena resulta enfermiza.

El reloj del extraño visitante da las doce con diecisiete minutos cuando escucha, en el fondo del antro en que se ha convertido su consciencia, una voz que le recuerda que todo ha terminado; que no tiene sentido seguir fingiendo. Así que se levanta, camina unos pasos hacia la entrada del lugar, evade las pocas y extrañas miradas de las sombras que permanecen quietas en los extremos del salón, y sale de allí por fin. Ya afuera, aunque aún bajo el dintel de la entrada, una ráfaga de viento choca con su rostro sin que le haga cambiar de decisión. Se quita las gafas y mete su mano en el bolsillo, saca un reluciente revólver que coloca lentamente y con cuidado en su sien.

Una fuerte explosión acalla la música y deja atónita a la multitud sombría. La noche finalmente ha terminado.