(1) De árboles y Ciudades

Imaginemos que podemos cortar de tajo a una ciudad completa ¿Podríamos ver, como sucede con los árboles, los anillos? ¿la forma atrapada del primer brote? ¿hacer el cálculo de cuando sufrió una peste, una quemazón o  –quizá– algún año de especial y nutricio desarrollo?

Que no sea equiparable la vida con los casos del árbol y la ciudad, ni aún el de un vegetal y un hombre es cosa que,  por cordura y experiencia, debe resultarnos evidente. Sin embargo me parece que podríamos tomar por análogos los anillos del tronco y la historia de un hombre, una comunidad, una cultura.

En efecto, aquello que habrá de darnos cuenta de como transcurrió éste o aquél tiempo será en nuestro caso algo más sutil que un corte transverso, es un análisis, una comparación crítica entre lo que solía suceder con lo que sucede. Aquél tiene sequías y aquí hay carestías; allá hay plagas y enfermedades, acá tenemos presencias nocivas, crímen organizado y actores no-genuinos.

Sin necesidad de creer en la noosfera de los biólogos se puede mantener la imagen y la suposición ya que tal tipo de acercamiento puede brindárnoslo la historia. Que si bien, aquí ya suponemos la ventaja de que el corte no matará a la ciudad como sucede con el árbol, hay divisiones que son inevitables. También es enormemente necesario tener en cuenta que aunque tales tipos de cortes se hacen con afanes científicos, no hay una ciencia unificada, sino variedades.

Lo que tengamos por historia es lo primero. Aquí no se pretende polemizar con la historiografía, pues lo que buscamos es entender al hombre, no producir alguna fórmula convencional para la urdimbre de alguna clase de obra intelectual. Tampoco viene a cuento el rumbo actual de dicha discipina, a lo sumo nos interesa el orígen del término, pero tan solo en la medida que pueda servirnos para entendernos.

Imposible ignorar el término original que, para nosotros que estamos a la distancia de un diccionario de aquél, remite tanto la investigación, como a un tejido y hasta a las velas de los barcos.

Cuán provechoso resulta dar vida a aquellas secas definiciones a través del mito de las Moiras, las tres hermanas que misteriosamente reparten la fortuna a los hombres, la primera hila en una rueca, la segunda entreteje las hebras  en el telar y la tercera corta los hilos que somos cada uno de nosotros, nos asigna la hora de la muerte. ¿Qué resultado de esta misteriosa urdimbre sino la humanidad misma? De aquí que entendamos las primeras líneas de la Metafísica de Aristóteles y de Las Historias de Heródoto como investigaciones, a pesar de su tan diversa naturaleza: ¿qué sería una investigación sino aquél momento en que gracias a los empeños intelectuales podemos acercarnos a algo y distinguir de una complejidad tan familiar como misteriosa, un entramado?

Que en la actualidad busquemos a tientas los anillos del árbol de la ciudad, en la historia, antropología, sociología, etnografía,  y que por ende, hallemos solo fragmentariamente las respuestas, es análogo a buscar la naturaleza del hombre y los animales en los genes.