Ya en mi pecho se ha alojado

este otro, que me come,

se devora mis latidos

y consume mi calor.

-Gene Coller

Por A. Cortés:

No sé de qué tanto tiempo para acá, la medicina ha logrado alcanzar niveles irreprochables de comodidad y facilidad para los recetados a desparasitarse. Según entiendo, los métodos de antes eran muy molestos. No sólo se hacía pasar al pobre del aquejado por un tratamiento largo de pastillas grandes difíciles de tragar, a horas poco convenientes para el sueño y la rutina diaria, sino que además tenía efectos secundarios muy severos en el ánimo. Y por ánimo quiero decir lo que escribo tal cual lo hago, porque difícilmente puede uno mantenerse de buen humor mientras la cabeza se le confunde con los pies y la náusea sólo es vencida por el temor a que no se termine nunca. Pero ahora es más fácil deshacerse de los parásitos: una sola pastilla de tamaño tres veces menor que una monedita de cinco centavos, y ya. Hasta parece magia para los poco doctos como yo. Sin efecto postrero (más allá del alivio, según esperan los médicos), sin tener que recordar siguientes dosis. Sin problemas.

Pero los laboratorios grandes y multimillonarios no se preocupan por todos los tipos de parásitos. Ya se encargan de los intestinales, y seguro de varios otros que se alojan en los rincones más incómodos del cuerpo, pero los más hórridos de la especie están más allá de su jurisdicción. Lástima, porque nada hay más nefasto que tener que aguantar a los parásitos sociales. Como burlándose, fingiendo que fuera poca la molestia y que tuviera que parearse con más grandes males, encima se vuelve triste y frustrante que uno de los lugares en los que más cómodamente pululan y se reproducen sea en las universidades. ¡Ah, si hasta las hacen parecer clubes sociales con tanto barullo y tan poco estudio! Ojalá fuera igual de fácil lidiar con los parásitos escolares que como lo es con los de la panza, pero por regla son más molestos, nocivos, descarados, y con muchas posibilidades de defenderse.

Cualquier parásito es naturalmente movido a resguardarse en un ambiente que no sólo le sea favorable, sino que lo provea de todo lo necesario para que pueda mantenerse un buen rato encontrándolo en el cuerpo de otro que se alimenta y que puede servirle de alimento. Aprovechándose de los recursos que la universidad pone al alcance de los estudiantes para su beneficio, el parásito escolar se inmiscuye en el intercambio y utiliza jardines, foros, auditorios, libros (aunque esto es poco probable) y hasta a los mismos estudiantes mientras esparcen su mal como si entre niños se arrastrara la viruela. La enardecida comunidad escolar los mira, y sonríe porque son simpáticos. Los altivos defensores de la justicia universitaria los deja quedarse todo el día fumando mota en los jardines. Y ellos, así como harán cuando estén fuera de la escuela, se quejan de que no les dan todo lo que quieren mientras consumen lo poco que tienen los demás, y los despojos que dejan infectados enferman a los otros como plaga.

La escuela llena de parásitos sólo es la imagen reducida de nuestra ciudad, en la que pocos hacen lo que deben o se preocupan por averiguar qué es eso, por flojera y facilidad. ¿Qué son si no parásitos los secuestradores y los rateros? Son, como hay que decirlo, huevones. Y el desdén por el esfuerzo está visible como el Cielo en la escuela. Nada hay más ridículo que una huelga escolar que apoya movimientos sindicales, y con medalla de plata salen las protestas por el “reducido” cupo de los exámenes de admisión. Una vez leí: “la pereza es el peor enemigo de la tierra: cuando mueren los hombres, le regresa los cuerpos ya descompuestos, muelles, frágiles e indignos”, y todo parásito seguramente desearía que tales palabras no obedecieran en lo más mínimo a la verdad. Yo protesto por la pereza en la escuela: -y lo diré sin recato- por el pase directo de las preparatorias a las universidades, por las facilidades ya ridículas para aprobar las materias y por las amplias oportunidades de titulación. Porque la supuesta casa de estudio tendrá tarde o temprano que caer consumida, o someterse a un tratamiento desparasitante. Si no estamos muy avanzados en las maravillas de la medicina política, seguramente sólo se conseguirá con pesados mareos y muy repetidas dosis.

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