Para Octavio.

Necesito escribir algo, de pronto siento un imperioso deseo por hacerlo, por grabar lo más profundo de mis pensamientos sobre un papel dispuesto para tal efecto, quizá de momento parezca un objeto cualquiera, simplemente formado por celulosa y otros cuantos componentes que ahora no me vienen a la cabeza, pues lo que me importa en este momento es que quiero escribir, y no aquel objeto en el que guardaré mis palabras.

Me dispongo a marcar el papel con un primer trazo, y para hacerlo tomo con mi mano derecha un bolígrafo, contemplo este objeto tan útil y tan peculiar, y pienso en los muchos años que debieron pasar para que surgiera éste en el mundo, casi nadie repara en que algo tan cotidiano surgiera a causa de nuestra prisa por escribir, y que a su vez nos exigiera prisa para pensar en lo que hemos de escribir, misma que quizá devino en descuido por aquello que se garrapatea.

El origen del bolígrafo no es fortuito, fue un reportero quien procuró mejorar los instrumentos de escritura con los cuales ya se contaba en los inicios del siglo XX, Lazlo Biro (Ladislao Joseph Biro), húngaro de nacimiento y argentino por adopción, se vio en la necesidad de buscar un objeto con el que pudiera escribir rápido y fluido, y al que no tuviera que recargar con una tinta que tardara en secarse, pues al tener que cubrir algunos sucesos de los ocurridos durante la primera guerra mundial, consideró que esperar para escribir era un lujo que no podía darse.

La premura con la cual se mueve el mundo obliga al escritor a moverse con rapidez, a no darse el tiempo que concede cada instante en que hay que detener el movimiento de la mano para dirigirse al tintero, tiempo que bien podía servir para pensar y repensar la siguiente línea que continuará un texto, o que bien podría emplearse para releer lo que ya se ha escrito, a fin de ver si aquello que ha quedado sobre el papel es lo suficientemente bueno como para no ser tachado y remplazado por una mejor manera de decir lo que se pretende.

La rapidez que nos brinda un objeto tan sencillo como un bolígrafo sólo nos puede alegrar cuando acostumbramos escribir rápido, sin detenernos a respirar siquiera, sin esperar a que el aire inspirado llene nuestros pulmones, ocasionando con seto que nuestros pensamientos se agolpen y se sofoquen mientras buscan cómo salir al exterior, sin tener el menor cuidado sobre la manera como salen.

Un instrumento como el bolígrafo, sólo pudo haber surgido cuando lo que importa al escribir, es escribir mucho, y no necesariamente hacerlo bien, cuando pensar con calma en cada trazo que dibujará un poco de nuestra alma es una actividad remplazada por el deseo de hacer más en el menor tiempo posible; a final de cuentas, algo tan cotidiano como un bolígrafo nos habla de nuestra incapacidad para respirar atendiendo a lo que hacemos, pues hace tiempo, entre línea y línea el escritor inspiraba y escuchaba atento lo que las musas e decían entre exhalación y exhalación.

Maigo.

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