Al cantar esta canción tengo algo que contarles,

que desde ahora quiero ser dueño de mis pasos de baile.

 

“Fin de la infancia”

Café Tacuba.

Acudir a el cuarteto de Ciudad Satélite para ambientar este ensayo va por los siguientes pretextos, primero, dicho disco, Re, fue editado en 1994, año del alzamiento zapatista y siete años después de la edición de Políticas culturales en América Latina; y segundo, el final de dicha canción termina preguntándose y reclamando: “¿seremos capaces de pensar por nuestra cuenta? ¡Basta ya de interrogar!”. Ello me lleva a preguntar por quiénes y qué necesitan para bailar por propia cuenta, a lo que me respondo momentáneamente, aquellos que creen que quinientos años frustrados ya fue gran medida, y una tarima sobre el suelo, sobre la tierra propia.  

POLÍTICAS CULTURALES, PRETENCIÓN DOMINANTE.

El camino de los estados nacionales, para el caso, los de América Latina, ha conllevado el pesado lastre de la diferencia. Lastre para quienes ha implicado el límite incómodo que dista al “desarrollo”, como proyecto político, económico y cultural impulsado por los grupos políticos nacionales dominantes y el visto bueno de los organismos internacionales, de sus contextos territoriales y temporales, en términos materiales y simbólicos. Durante varias décadas la misión “desarrollista” en ámbito cultural, de tufo unívocamente occidental y de duros rasgos etnocéntricos, se materializó en las políticas sobre la educación a nivel nacional y la tarea de aculturación dirigida a los pueblos originarios, o pueblos indios (como no les gusta ser llamados a algunos intelectuales pertenecientes a algún grupo étnico). Para ello, se modelaron institucionalizaciones folklóricas o folklorizadas instituciones, válgase la ironía, que intervinieron tanto en el organigrama estatal como en la intimidad de la casa, ilustradas con la aparición el Instituto Nacional Indigenista y en la reformulación de tradiciones locales para su “conservación”. Así, las políticas culturales emprendidas por los estados nacionales, o algunas instituciones como la iglesia católica en su momento, son proyectadas como recursos para llegar, más que una situación de hegemonía, de consenso más amplio, a la inclinación por el dominio, por la simple razón de que “un rasgo frecuente (…) es el de ser diseñadas y aplicadas sin tomar en cuenta las necesidades efectivas de las clases populares.” [García 1987:54] De lo anterior se le puede sumar el despojo material a través de juicios amañados en cuestión agraria, la presencia militar preferente en zonas habitadas por pueblos originarios y la aplicación selectiva de campañas de esterilización, todas ellas en uso corriente hasta el día de hoy.

Diseñadas y aplicadas, o bien, desde el fervor voluntarista y convencido del investigador/trabajador de campo profesional, o desde la pragmática política y económica acorde a las retóricas ajenas a los contextos populares o indios, éstas fueron en un sentido que no ha perdido el impulso en algunas de sus expresiones básicas. Bonfil apunta con respecto a las políticas culturales que hasta 1987 analiza, encontrando una tendencia evolucionista “cuya expresión más alta y mejor es la cultura de los pueblos llamados desarrollados” y que con dicha convicción se lleva a que “la participación y la autogestión indígenas se orienten precisamente en el sentido convergente con la cultura dominante, con lo que, de hecho, se niega de nuevo la legitimidad de cualquier proyecto diferente y la esencia misma del pluralismo.” [García, 1987:100].

Lamentablemente algunas de las expresiones de las políticas culturales más interesantes son insuficientemente abordadas y en parte desdeñadas, en parte por los ejemplos “incipientes” [García 1987:53], como por el contexto de los autores como agentes activos dentro de las instituciones ejecutivas de dichas políticas. Entre ellas podríamos ver aquellas que han optado por la vía de la autonomía de facto u otras desarrolladas desde las acciones colectivas cotidianas de los movimientos sociales. Ello se debe, a mi parecer, en el caso de García, a que minimiza el impacto de las resistencias locales y a que limita sus repercusiones si no se plasman en la estructura estatal o institucionalizada, subiendo la vara a la meta hegemónica, “no logran construir alternativas culturales, ni menos formular políticas, a escala de la sociedad global, para disputar efectivamente la hegemonía a los grupos dominantes” [García 1987:53]. Para Bonfil el problema se podría identificar en cierta teoría del consentimiento basada en la premisa de la pasividad política causada por la interiorización de “la ideología de inferioridad que les ha sido impuesta” [García 1987:115].   

PSEUDOCONCLUCIONES.

Los procesos culturales llevados a cabo por la diversidad de grupos diferencialmente subalternos y sus manifestaciones no sólo renuevan a la sociedad nacional a través del enriquecimiento de la comunicación por un fin estético y de placer nada despreciables, también implican procesos de apropiación material y económica intrínsecamente relacionados al ámbito simbólico. La restitución de tierras y el reconocimiento de la injerencia política sobre los recursos naturales son temas que vienen acompañados tras bambalinas a las experiencias por la autonomía de los pueblos. Y es esta aportación sugerida de Bonfil la que quiero subrayar. El territorio de un pueblo, culturalmente anclado en la memoria compartida por éste, no se le puede excluir como un recurso cultural al momento de concebir a un pueblo indio como “unidad política”, porque en ésta “está implicada la definición de un universo de recursos propios, sobre los cuales un determinado y excluyente conjunto social asume el derecho a controlarlos.” [García 1987:113]. Por tanto para una verdadera posibilidad de que exista una política cultural de los pueblos se concretice, a comparación de una para o con, ha de pasar por fuerza, a mi ver, por acciones que incluyan la reivindicación territorial que en cierta forma se contrapone a los límites geopolíticos de los estados nacionales y sus subdivisiones político administrativas, así como a los interés económicos locales y regionales concentrados en pocas manos.             

Bibliografía.

García Canclini, Néstor (ed.)

1987. Políticas culturales en América latina. México. Enlace Grijalbo. México, D.F.