Quisiera no tergiversar la cuestión de la que ahora debo escribir, pero no hallo con certeza cómo responderla. Si no comienzo mal, creo que la pregunta no puede contestarse igual que si me preguntasen: ¿por qué lees? o ¿es bueno o no leer para ti? La pregunta se enfoca hacia otra cosa. Me parece pues, que por ahora la pregunta da por hecho que leer implica cierto resultado –sin importar si es conveniente o no e incluso exentando el problema– y lo que ahora he de explorar es justamente ese resultado. Si bien es cierto que todo lo que se hace, pensaba al menos en la vida humana, repercute en buena medida en la configuración de su ser y su estar, no creo que lavar el auto o recoger una moneda encontrada influye a grado tal como parece hacerlo la lectura, no obstante, no quisiera exagerar su poder equiparándola a cosas de trascendencia bárbara, como la pérdida de alguien a quien estimas demasiado –y aún así, me atrevería a decir que la lectura en cierto sentido lleva las de ganar– Así que si la pregunta fuese al respecto de si la lectura influye en la vida de alguien, la contestación definitiva sería sí, aunque claro que dependería de cosas como qué, cuánto, cómo y para qué se lee. Ahora bien, dejando de despersonalizar el problema y pensando en qué ha hecho de mí la lectura, la respuesta sería: cómo saberlo.

Hace ya mucho tiempo que comencé a leer de manera que podría calificar como cabal, mi primer acercamiento con una obra que afectó mi ser se lo debo a mi padre, la obra: El Principito, y entonces sí que influenció a mi mundo mi nuevo hábito. Desde que terminé ese libro no recuerdo momento en que no estuviese leyendo algo, cuando era más joven leía libros con temas infantiles que abarcaban desde fantasmas en una granja embrujada hasta niños que nacían en una hortaliza de coles, sólo que las temáticas para niños nunca me persuadieron del todo, siempre había una pregunta más allá de lo que te contaban al final pero no había mucho por hacer, era todo lo que el libro podía decirte. Sin embargo, El Principito dejó algo determinante para toda mi vida, de ahí en adelante las preguntas no cesaron. Por lo que me volví una niñita de esas molestas que nunca se contentaban con los argumentos laxos que se suele ofrecer cuando se tiene poco tiempo y paciencia. Ahora que he crecido no he podido desprenderme de tan divertida maña, la diferencia es que, además de ser un poco más alta, ahora puedo leer e intentar contestarme por mí misma –cosa rara es considerar que la lectura puede ofrecerme resolución a algo que nadie puede resolverme por sí y con expresiones comunes–. De acuerdo a la fecha en que adquirí mi hábito, casi no puedo recordar cuáles eran mis mañas antes de la lectura ni qué hacía para intentar reflexionar sobre las cosas varias que me rodean –o si quiera si intentaba hacerlo– y como prácticamente no puedo saber cómo era antes de leer en demasía, no podría responder como he sido afectada por la misma, pues no concibo la diferencia.

Respondería provisionalmente que leer me ha dejado, entre muchas otras cosas, sorpresa y desconcierto cuando alguien me dice que no le gusta leer, indignación ante cualquier falta al hablar o escribir, admiración por las más grandes mentes, charlas interesantísimas con los muertos, réplicas eternas con los vivos, apertura a nuevos mundos y conocimientos, me ha dado, sin más, mi modo de vida. Y dado que mi respuesta se está tornando sentimentalista, podría contestar más seriamente que la lectura me da y me ha dado preguntas al tiempo que me da y me ha dado soluciones. Ha hecho de mí una niñita fastidiosa y muy curiosa.

La cigarra