No sin cierto descuido podríamos afirmar que las cadenas de correo electrónico han venido a sustituir las grandes leyendas antiguas; sobre todo cuando el contenido de dichas cadenas pretende ser aleccionador. Sin embargo, hay un elemento propio de las cadenas de correo electrónico que no está presente en las sagas de la antigüedad, ni siquiera en las fábulas; llamaré a ese fenómeno ‘religiosidad reciclable’.

En la antigüedad, y las tradiciones no cristianas, la religiosidad era una cosa y las leyendas otra, si bien podrían mezclarse en el aire de la oralidad y alimentarse mutuamente. Así, por ejemplo, leer a Hesíodo nos puede dar cuenta del panteón griego, pero no precisamente de su religiosidad. De la misma manera, leer el Ramayana nos puede informar sobre el modo hindú de pensar, y no por eso nos convertirá al hinduismo. Otra cosa es, ya llegado el cristianismo, que se nos convierta mediante el texto, que las historias que aderezan la religión lleguen a tornar la religión misma, y por tanto modifiquen el modo de fabular. Sin embargo, una vez que el cristianismo entra en crisis, o más bien entra en crisis ese hombre moderno que se vanagloria de la muerte de dios, no está muy claro si el texto sigue siendo sacro y conserva su habilidad para convertir a los profanos, o lo sagrado y el texto ya son cosas tan distintas que nada tiene que ver una con otra, o como ya no hay nada sagrado, todo es texto susceptible de interpretación: deificación de la historia, apostolado hermenéutico. En medio de esto, sugiero situar la reflexión en torno a las cadenas de correo electrónico.

El esquema general de las cadenas, de las aleccionadoras al menos, es, regularmente, apelar a la lástima por un congénere injustamente sufriente y anunciar fanfarronamente la posterior conversión –religiosa, política, moral- del sufrido. Con resabios cristianos, la mayoría de las cadenas se acompaña de fotografías deprimentes y música pausada –que en esnobismo de la naquería es considerada ‘apropiada para pensar’-. Una que otra máxima –lo mismo da quien lo haya dicho-, una que otra frase reprobatoria. Y lo más espectacular es, siempre, el final. Regularmente, una vez que se dice que el lector es lo peor, que algo debe al mundo por el simple hecho de seguir vivo, se le hace ver que no todo está perdido, que tiene la salvación en sus dedos, que puede dar vida y esperanza con sólo mandar ese mismo mensaje a todos sus conocidos. Finalmente, como todo en la futilidad, la inmediatez electrónica ofrece la salvación a un solo click de distancia. ¡Y todos felices con la efímera gloria!

Námaste Heptákis

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