El diccionario filosófico de Ferrater Mora distingue –esto sometido a un ejercicio hermenéutico propio– entre dos tipos de verdad principalmente: la Verdad como develamiento y la verdad como adecuación. La primera apela a lo que se ha entendido como Verdad por antonomasia, la Verdad mistérica, inefable e inasible a la que se puede acceder sólo medianamente a través de lo que tenemos por “verdadero” pero que en realidad es aparente. Me parece que la palabra griega aletheia explica de manera muy buena esta idea de Verdad. Y la segunda que siempre referirá a una adecuación de lo enunciado o lo pensado o lo actuado con la realidad. Ésta segunda noción es lo que podríamos tener por enunciado coherente, pensamiento verosímil o acto verdadero, solamente. Cualquier ejemplo que se pueda decir de verdad se quedará en este segundo nivel. De la Verdad muy poco se puede hablar, pues cualquier cosa que se diga no se aproximará más allá que cualquier otra verdad, pensando en ellas como partícipes de esta gran y primera Verdad. Sobre la segunda, aparte de las interrogantes evidentes como: qué es realidad o qué es enunciado, la segunda acepción no abriga muchos problemas para su comprensión, pues mientras se mantengan dentro de la convención y se tengan agudizados los sensibles, todos medianamente podrán acordar en qué podría ser denominado verdadero y qué no. Claro que esto no sucede así de fácil, la pregunta es: ¿por qué?

En las próximas entregas intentaré estudiar cada una de las posibilidades que hablan acerca de la verdad como convención, la verdad como intelecto y la verdad como palabra, todo en relación a lo que hemos entendido en la inmediatez de la cotidianeidad como realidad. Será una tarea ardua y sumamente peligrosa. Esta ocasión me siento algo osada, comenzaré mi camino oscuro e intricado, cifrando la verdad en pos a la Verdad. ¿Raro? Extrañamente creo que es a lo que todos –quizá hasta inconscientemente– aspiramos.

La cigarra