¿En qué momento fue que todo cambió? ¿Cuándo se perdió la autenticidad en el reír, haciéndolo más escandaloso? ¿Cuándo se decidió que la amistad no nos importa tanto, por lo menos no tanto como lo pregonábamos antaño? ¿Cuándo comenzamos a borrar las distinciones entre la mayoría de las diferentes amistades que solíamos tener y nos volvimos fetichistas con una sola?

¿En qué momento se redujo todo a la burla, tanto activa como pasiva? ¿De dónde esa necesidad de hacernos los graciosos en todo momento, incluso los menos adecuados? ¿Será acaso desde que tenemos séquito y nos creemos a la altura de los grandes? ¿O será desde antes, sólo que no era tan evidente porque nadie nos hacía caso ni nos tomaba en serio? ¿Alguna vez fue de otra manera? ¿Puede ser de otra manera? Lamentablemente, parece que no…

Al parecer la única que logra sacarnos de nuestro pueril recreo, nuestra farsa, nuestra vida; es ella, la muerte. Frente a ella, cuando de verdad invade nuestra vida de manera íntima, sí que no bromeamos. La muerte es sólo la muerte cuando muere alguien que nos importa, y entonces guardamos silencio, pues no hay broma que logre quitarla de allí. Ninguna de ellas nos puede hacer recuperar a los perdidos por la muerte, a los ganados por la muerte. En fin…

… Ya me puse serio y eso no me gusta. Seguro a ustedes tampoco, así que pónganse a contar chistes y bromas, que yo me les uniré. Humillemos a alguien que queremos y que nos quiere, como siempre hacemos. Al fin esa persona, la que nos quiere y a quien humillaremos, nos ha de perdonar y seguirá haciéndonos compañía en todo momento, incluso cuando la muerte se nos haga presente otra vez.

No podemos mentirnos. Las bromas no son tan poderosas. Pero podremos intentarlo, como llevamos tiempo haciéndolo, pues lo único que nos importa son las bromas que nos oculten las muertes que tanto nos duelen.

Bromeemos entonces, pues, por lo visto, el auditorio está lleno, y los fanáticos ya no pueden esperar…