El viejo Claude Levi-Strauss, ahora recién partido a otras dimensiones cósmico-metafísicas, observó entre los grupos étnicos del Mato Grosso en Brasil, durante su única temporada de campo, en un momento de plática informal con los hombres de esas latitudes, que al compartir algunas de sus hojas y lápices con sus anfitriones, algunos a los que él preguntaba más sobre las formas trazadas en el papel, alardear entre sus iguales sobre las interpretaciones que le sugerían a Claude. A continuación el escribió con letras grandes su nombre e intentó explicar aquellos símbolos que le referían a él, su persona, su unicidad. Uno de los hombres mayores que participaba en el evento espontáneo realizó un garabato complejo en comparación a los trazos realizados con anterioridad. Entre las palabras que Claude comprendió, ese hombre presumía entre los demás su capacidad de atrapar entre aquella cuartilla a la persona del antropólogo. Levi-Strauss en sus comentarios sobre sus “Tristes Trópicos”, uno de los volúmenes cásicos de la antropología, parafraseandolo, sugiere que la verdadera división de clases no está en la división social del trabajo ni en la separación de quien poseé los medios de producción y quien no, sino de quien poseé la capacidad de simbolizar y hacer efectivo su significado.   

Fuerte declaración del señor homónimo de los pantalones de mezclilla. Si recordamos a los antropologos evolucionistas decimonónicos encontramos que la escritura es una expresión pura de la civilización, unívocamente claro, el alfabeto occidental por excelencia. Aquellas expresiones no occidentales como las jeroglíficas e ideográficas para aquellos científicos europeos representaban una expresión primitiva respecto al la escritura fongráfica occidental, compleja por su abstracción, a según de ellos.

La escritura tiene un papel político y cultural clave en las sociedades, pero no menos el acto de leer.

Como buenos occidentales aferrados a nuestro fatal presente de confort renunciamos a otorgarle legitimidad a lo que se encuentre fuera de nuestro contexto cultural y por “obvias” razones consentimos el proyecto alfabetizador, el desarrollo y expansión de las letras, cotizamos libros y admiramos autores. Cierto es que las posibilidades del mundo de las letras es la ventana que para nuestro contexto se presenta como el medio más completo de abarcar paisajes nunca tránsitados, de asomarnos al ritmo de la poesía, de la reflexión profunda y de asombrosos relatos intimamente ligados a nuestros recuerdos y sentimientos. Pero para muchos otros grupos culturales la letra y su lectura no pasan por los libros, ni por la letra como la conocemos. La escritura y la lectura, la interpretación y la composición se manifiestan en la adivinación de elementos naturales que designan un análisis del presente y un estratagema del quehacer, en la comunicación generación por generación de una épica aventura, en el disfrute de un banquete de lujo exhacerbado, etc. Leer el entorno en búsqueda de una planta específica para un uso médico específico, saber su momento de madurez, sus partes útiles y suspartes dañinas o su relación con uno mito o varios, se realiza en cada atenta mirada del alrededor. Se escribe dejando paso a paso, día a día, una vereda, decorando un bote que cruzará el mar, una máscara que se ofrendará, se escribe con el éxito de una fiesta y el prestigio que implica. Fuera de lo que conocemos como leer y escribir hay un infinito ejercicio de símbolos y traducciones que rebasan el fenómeno de la autoria libresca y su erudición.

Ser analfabeto no es ser ignorante. Que desde la sociedad en que vivimos designemos a nuestro conocimiento dominante un estatus superior por uno de los instrumentos ponderadores del desenvolvimiento social, no quiere decir que sea el único posible de las opciones prácticas en la historia de los seres humanos. No por esto estoy afirmando que se deben cancelar los proyectos de alfabetización y quemar libros, sino que desde nuestras posiciones acedémicas y/o como “difusores” del conocimiento y de la reflexión sobre nuestro presente, debemos profundizar en otras formas del conocimiento, aquellas de las cuales hemos prescindido. Ser críticos ante las relaciones de poder entremezcladas con las posibilidades de lo que se escribe, implica ser críticos del acto mismo de escribir y leer. Tal vez muy en nuestros adentros escribimos únicamente con el proposito de reafirmar que tenemos el poder de hacernos leer. El poder de significar.