Las universidades se han vuelto burocracias

especializadas en la producción de burócratas

Gabriel Zaid

La revolución mexicana sabe a polvo. El gobierno revolucionario prometió que llovería justicia social. Al paso de los años, con el ir y venir de sus gesticuladores en el poder, no pudo hacer llover. La transición democrática, años más tarde, fue esperada por muchos como salvífico diluvio, pero la tierra no se refrescó. Ahora, cuando aumenta el número de los descreídos del diluvio, son más los que adrede levantan polvo, son más los que voltean a ver nuevamente esperanzados a los encantadores de la lluvia. Mientras, el polvo se acumula en los labios, la boca se reseca, nos cansamos de esperar. ¿Qué esperamos, exactamente? La revolución prometió justicia social: reparto de tierras e igualdad de oportunidades. Las tierras se repartieron y se afianzaron los cacicazgos; se igualaron las oportunidades creando una gran pirámide para que todos pudieran subir. Al paso del tiempo, los de arriba fueron los universitarios y dictaron las reglas de la oportunidad: para que todos lleguen, todos requieren ser universitarios, y para ser universitarios se requiere abandonar el campo e ir a la ciudad. Ahora, el campo está seco, desolado; la ciudad abrumada, churrigueresca. ¿Qué pasa en la universidad?

La universidad mexicana es la matrona de las falsas esperanzas, la nodriza de las malas costumbres, el club matutino en que los jóvenes se relajan de las presiones del club nocturno. Como escalafón de la pirámide, la universidad mexicana cada vez sirve menos para estudiar y más para las relaciones sociales. Ser universitario es tener acceso al mundo de las oportunidades de negocio; y sólo es negocio lo que es reclamado por la sociedad. La sociedad puede reclamar una variedad de cosas tal como variada puede ser ella misma. Casi podríamos decir que cuando observamos lo que una sociedad pide, podemos darnos una idea de lo que esa sociedad es. Pongamos un ejemplo. Averroes, siguiendo a Platón, afirmó: “nada hay más indicativo de la mala conducta de los ciudadanos y de la ruindad de sus ideas que el hecho de que tengan necesidad de jueces y médicos, señal cierta de que carecen de cualquier clase de virtud y sólo cumplen sus ciencias por la fuerza; conforme más necesiten los miembros de dichas ciencias [la jurídica y la médica] y más honores les rindan, más lejos estarán de la justicia”. Por fortuna, mala fortuna, nuestra sociedad ya no demanda principalmente ambas ciencias. Gracias al populismo del gobierno revolucionario, la profesión médica pasó de una práctica individual y limitada a las posibilidades de atención individual, a una pirámide burocrática que ofrece progreso laboral para los médicos y cobertura universal y gratuita para los pacientes; i.e. ya no es necesario que el médico se preocupe por la calidad de su labor, sino por hacerse de las relaciones sociales necesarias para subir (lo mismo en hospitales públicos que privados); al paciente ya no le cuesta en sí mismo su salud, leyes benévolas cuidan y protegen la preservación de sus hábitos. Por su parte, la profesión jurídica ha pasado a segundo plano. En los buenos tiempos de los gobiernos revolucionarios el poder se repartía y compartía en los pasillos de las facultades de derecho, las influencias se transmitían a través de la corbata. Lo importante no fueron tanto las leyes, no se diga ya lo justo, sino las relaciones: quedar bien con tal maestro, hacer la reverencia a la derecha y mostrarse correctamente indignado a la izquierda. Por suerte, repito, eso es historia. Para sorpresa de muchos, considerando a la UNAM como indicador nacional, en el presente año la licenciatura en derecho ha cedido su lugar a la licenciatura en administración. ¡Los vientos de la transición democrática!

No está de más especular a futuro. Dejando las malas leyes de lado, la vida política tornará administración. Lo justo y lo injusto dejarán de ser criterios sociales y se considerará al libre cambio como principio único de bienestar. Estamos en el tiempo en el que todo es administrable, desde el turismo hasta el tiempo libre. La medicina, parásito de los tiempos, se considerará administración del cuerpo: algunos especialistas para administrar inhibidores del dolor, algunos otros para administrar catalizadores del placer. Quizás el derecho deberá ser la administración de amparos. Quizá también nos hará falta un Averroes que nos explique a Platón para mostrarnos nuestra lejanía de la justicia. Quizá, por último, también aprendamos a administrar el polvo.

Námaste Heptákis

Coletilla: ¿De veras vamos a dejar el camino llano a López Obrador? Además, seguimos pidiendo la liberación del auditorio Justo Sierra.