Un día en mis últimas vacaciones

¡Gracias al cielo he llegado a casa! He tenido un día terrible. No pensé que fuera a tomarme tanto tiempo ese maldito trámite. Debí imaginarlo. ¡Estoy fastidiado! Gasté toda la mañana yendo a las oficinas en las que se hace ese trámite, el cual inicié hace más de cuatro semanas. ¡Y todo para que me salieran con eso! ¡Que estuvo mal llenada la solicitud que llené el día que vine a entregar los documentos! ¡Es increíble! Primero: se tardan más de veinte días hábiles en decirme que no procedía mi solicitud por un número de folio mal escrito, cuando me habían dicho que tan sólo serían diez; segundo, al llegar a la fila para la ventanilla en que revisan los documentos para informar si el trámite está en proceso o no, veo que la fila es inmensa; tercero, cuando, después de cerca de hora y media de estar en la fila, faltan dos personas antes que yo, a un señor que estaba tres sitios más atrás en la fila se le ocurre empezar a chiflar y gritar, exigiéndoles a las señoritas de las ventanillas que ya le toca a él y cosas así, fastidiándolas y provocando que, en respuesta, tarden más en atender a las personas (lo cual implicó por lo menos veinte minutos más en la fila); cuarto, ya que han revisado la situación en que se encontraba mi trámite, me dicen que tengo que esperar otro rato para poder preguntar en el escritorio que está del otro lado del inmueble cuál fue el resultado; quinto, lo dicho, un mes de espera, tan sólo para que me dijeran que estaba mal llenada la solicitud y; sexto, ya no pude llegar a tiempo a la cita que tenía con K, lo cual provocó cierta molestia en ella para conmigo, debido a lo cual me dijo que todo era mi culpa, pues yo hube debido llenar bien el formato, etcétera, etcétera. ¡Qué fiasco! Lo peor es que, de alguna manera, tiene razón. Para acabar, siento que la comida me cayó mal. No sé si mi disgusto habrá tenido algo que ver con ello…

Otro día en mis últimas vacaciones

Me siento mal. Desperté con una resaca de los mil demonios. La cabeza me está matando. ¡No me quiero levantar! Sin embargo, yo quedé de ir a verlos, es de sus últimos días en la ciudad, y solamente vienen una vez por año. Además, es mi abuela y tengo muchas ganas de verla, cuando los ancianos llegan a cierta edad y se les aprecia, hay que aprovechar todas las oportunidades para verlos, porque uno nunca sabe. Sé que pensarán que es inapropiado de mi parte referirme a asuntos tan delicados de una manera tan fría, pero estoy crudo, intenten comprenderme.

¡Todo es culpa de España! Sé que yo también tengo parte de la culpa (por no mencionar la que, por su parte, tienen los seleccionados alemanes), pero es más fácil echar culpas que asumirlas. No tenían que ganar. Muchos dirán que es el equipo que mejor ha jugado la copa hasta el momento, pero nadie podrá negar que, hasta el partido de ayer, los jóvenes alemanes también habían mostrado un estilo de juego espectacular.

En fin, para no andar con rodeos, todo es culpa de España. Si no hubieran ganado, muy seguramente yo habría vuelto a casa, feliz por la victoria alemana, a comentar con mi padre y tal vez mi hermano las impresiones que el juego hubiera dejado en nosotros. Quizás, incluso, habríamos ido juntos a visitar a mi abuela y a mis primos desde ayer por la tarde. Pero no, tenían que ganar. Yo estaba en una cantina, la segunda del día. En una vi el primer tiempo (cuatro cervezas incluidas), y en otra el segundo tiempo (otras cuatro cervezas). Con el resultado favorable a España, me molesté demasiado y, después de terminar la cuarta de las cervezas reglamentarias para que la botana sea gratis, pedí una copa de Jack Daniel´s, sin hielos, sin nada, sólo la amarga bebida.

Aún incomodado del resultado, y con más ganas de beber, caminé por todo el eje central, desde Izazaga hasta República de Cuba, al bar en donde iban a estar C y J, según me habían dicho. Al llegar y echar un vistazo, vi que no habían llegado. Me encaminé a la barra a pedir otro whisky, esta vez fue Chivas Regal. “¿Con hielos?” preguntó el camarero. Respondí que no, que solo y en una copa. “¡Como lo toman los hombres!” Afirmó el hombre. Dije que sí, tomé el áspero contenido de un trago, pedí otro igual y me encaminé a la rocola. Por fortuna traía cambio en el bolsillo, así que deposité una moneda de cinco pesos y seleccioné Fascination street y Disintegration. Para el ánimo que me he cargado los últimos días (¡los últimos meses! ¡los últimos años!), me vienen muy bien. De vuelta a la barra, engullo el whisky y pido otro igual. Al terminar las canciones, y otros dos whiskeys, arriban C y J. Yo ya me siento borracho, pero subo con ellos a las mesas que están arriba del lugar a seguir bebiendo, ahora cervezas… Para no hacer el cuento largo, no sé cuanto más bebí, pero llegué bastante borracho a casa, devoré una torta cubana que me compré antes de llegar y realicé una llamada telefónica a una chica de la cual estoy enamorado. No debí hacerlo. Eso nunca se hace cuando uno está borracho. En fin, no sé qué dije ni si ella me volverá a dirigir la palabra. Casi nunca lo hacen, por lo menos no durante tres o cuatro meses…

Uno de los peores días de mis últimas vacaciones

Hoy desperté con una terrible e inesperada noticia. No diré nada al respecto…

Los dos mejores días de mis últimas vacaciones

Ya han pasado varios días. Ya me siento mejor. De hecho, extrañamente, hoy me siento bastante alegre. Supongo que es porque me encontré con C ayer, y con M hoy. Tenía mucho tiempo sin verlas y ya las extrañaba tanto.

Primero C. Ayer por la noche, me encontré con ella, después de por lo menos tres meses de distancia, después del incidente. Desde el primer momento en que la vi, ayer, mientras llegaba, me pareció la más hermosa de todas, como antaño, antes de mi desenfreno en la bebida. A ella también le dio gusto verme, máxime cuando le conté que llevo más de dos semanas sin beber y sin ganas de hacerlo. Ambos sabemos que es principalmente por la bebida, por mi afán por ella, que no estamos juntos los tres. Al vernos nos abrazamos como antes. Nos besamos. Conversamos un par de generalidades respecto a nuestra vida últimamente, desde que nos dejamos de ver. Caminamos hacia la librería. Ella quiso que la acompañara a comprarle algunas cosas al tercero en esta relación. Ella preguntó a un empleado de la tienda en dónde podría estar lo que buscaba, y aquél le dijo que en la parte de arriba. Subimos y compramos un par de libros para niños, con figuras de animales y de diferentes objetos, con sus nombres en inglés, para el pequeño E. C quiere que su niño, desde pequeño, tenga contacto con otros idiomas, para que en un futuro no le sea tan difícil estudiarlos. También adquirimos un par de discos, con música de Mozart para el bebé. Decía en las carátulas que contenían piezas especialmente seleccionadas por diversos estudiosos de la psicología infantil, y que eran apropiados para bebés de la edad de E, para fomentar su sano desarrollo. Saliendo de la tienda, fuimos a un restaurante a tomar café. C tenía hambre, así que pidió unas enchiladas, uno de sus platillos favoritos, mientras pasábamos el tiempo inmersos los dos en ese mundito que solíamos tener sólo para nosotros, juntos, y que yo había creído destruido después de la separación. Estaba equivocado. Sigue intacto y siempre estará allí para nosotros, por nosotros. Ella me dio algunos bocados de sus enchiladas, pues no estaba de acuerdo en que no comiese nada. Fueron los bocados de enchilada más agradables que he comido en mucho tiempo.

Después de eso, acompañé a C a su casa, con la promesa de que nos volveremos a ver muy pronto, y de que veré a E de nueva cuenta, después del tiempo que no lo he visto. Ella dice que es bellísimo. Yo le creo, pues es hijo suyo, y ella lo es. Nos abrazamos de nueva cuenta, esta vez no nos queríamos soltar, y me dirigí a casa, con una sonrisa dibujada en mi cara y el ánimo contento.

En cuanto a M, la vi hoy porque me encontré con mi amigo A para comer a las tres de la tarde. A trabaja en el mismo lugar que ella. Después de una charla muy amena y agradable, durante la comida -comimos una torta de pulpo cada uno- lo acompañé de regreso a su oficina, y aproveché para entrar a saludar a algunos de mis antiguos compañeros de trabajo, pero, fundamentalmente por verla a ella. Después de saludar a T y a J[1] y conversar un par de asuntos generales, vi que M entró y se sentó en su lugar, el mismo de antes, tan bella como antes, mi querida amiga. Rápidamente me disculpé con los excompañeros y me dirigí hacia ella, toqué su hombro, y ella volteó y con un rostro agradablemente sorprendido, se puso de pie y me dio un fuerte abrazo, el cual yo correspondí con el mismo cariño. El tiempo se detuvo, como siempre cuando estoy con ella. Me preguntó que qué hacía allí, que cómo estaba, que a qué me dedicaba, etcétera. Yo respondí a sus preguntas y formulé otras. Charlamos por varios minutos, pues su jefe no había llegado todavía. Fue como antes, cuando yo también trabajaba en ese lugar y ella y yo éramos la única compañía completa que teníamos una y otro allí. Siempre hubimos compartido tantas cosas. Me recordó lo mucho que me extrañaba -¡yo también la extraño muchísimo, extraño su presencia diaria en mi vida!- y me contó que A, su hijo, está muy bien. Me alegró saber eso, pues yo viví a su lado gran parte de su embarazo y me consta, el gran amor que siente por su niño, su principal motivo en la vida. Después de conversar otros minutos, y antes de que ella volviese a sus labores, nos abrazamos otra vez, tan cordial y cariñosamente como siempre lo hemos hecho. Quedamos en que nos hablaríamos mañana, evento para el cual no puedo esperar. Mejor me voy a dormir pues ya es algo tarde, para que el tiempo pase más rápido y pueda hablar con ella.


[1] No se trata del mismo J que mencioné en la segunda de las notas aquí recopiladas.