Para A. Cortés:

«pureza de cristal el pensamiento».

La amistad se trinca en múltiples haces de luz que tímidamente confunden sus fronteras. Para algunos, arrobados por el fervor aristotélico, la amistad se vierte en tres tantos; para otros, posesos de la fiebre psicoanalítica, la disposición amistosa se fragmenta en proporción directa a las posibilidades de la perversión humana; para todos, o al menos para todos aquellos –ya no bestias sino hombres- que alguna vez han querido poner orden mental a su vida, la amistad es tan variada como los amigos mismos.

Cualquiera puede notar, el único requisito es no ser demasiado bruto, que ni es posible ser amigo de todos, ni lo es ser amigo en el mismo sentido para cada uno de los amigos. Y se puede notar, principalmente, por nuestras limitaciones naturales: de una parte no somos infinitos, de otra no hay gusto humano que pueda ser tan laxo. Hay amigos con quienes podemos platicar sabrosamente de diversos gustos –la música estridente, las fritangas-, compartir animosos algún suceso o lugar –ora la plaza comercial o el café, ora el mundial de futbol o la feria del libro-, con los que nos podemos acompañar para administrarnos la dosis de un silencio voluntario en el lapso de un espectáculo –aquí el teatro, allá el cine y para los demás la escuela-, o a quienes simplemente nos basta con saber cerca –la molestia telefónica, el facebook insulso-. Todas estas amistades, pienso, son amistades de la contingencia, de las que no podemos prescindir por el mero hecho de querer vivir hospitalariamente en el lugar en que al caso vinimos a caer, son amistades que no se fundan más que en la coincidencia de un tiempo y un espacio específicos: las amistades de cafetería se encuentran cuando visitamos la cafetería, las de escuela cuando nos damos cuenta que no podemos pasar tanto tiempo entre desconocidos. Algunas veces este tipo de amistades puede mudar sus referencias espaciotemporales: así los amigos de escuela, fuera de la misma, se vuelven amigos de cantina; los de fritangas se dan cuenta que también comparten el gusto por los Rolling Stones y el futbol; pero estas mudanzas no hacen más a la amistad –que no se deja acumular, y por momentos se desvanece en las manos-, simplemente la dejan igual e igual dejan a los amistados: el gusto que los unió les era placentero antes de la amistad; ya amigos siguen siendo los mismos. Estas amistades son renovables y desechables, e incluso habrá ecologistas de las relaciones humanas que las crean reciclables. Estas amistades piden más el compromiso con uno mismo, y con lo que uno se dice a sí mismo que es, que con el otro. Amistades cómodas que se acomodan a casi cualquier tipo de vida, eso son y ya.

Sin embargo, he aquí la buena fortuna, hay hombres que pueden experimentar otro tipo de amistad, una amistad a la que un solitario Alfonso Reyes tuvo a bien llamar “el hábito superior de las amistades francas” [Carta a Pedro Henríquez Ureña del 28 de septiembre de 1913]. La historia detrás de la frase alfonsina es tan esclarecedora sobre nuestro asunto que es bueno contarla. Habiendo salido de México en medio del atribulado ambiente revolucionario, y llegando a París con su esposa (¿e hijo?, no me falles memoria), Reyes se ve a sí mismo solo en medio esa “orgía de ruido, de luz y de velocidad” [carta a Julio Torri del 25 de septiembre de 1913] que reconocía en aquella ciudad por aquellos años, y con la chapa de la nostalgia escribe a sus amigos en México para hacerles saber cuánta falta siente él que le hacen para no perderse en la inopia en medio del notable esfuerzo por hacer de sí mismo una buena persona. De alguna manera Alfonso Reyes creía que había un tipo de amigos que le hacía bien a su persona. A la amistad que se forjaba en esa encrucijada de la vida le llamó “hábito superior”. En tanto hábito, este tipo de amistad es también algo que se frecuenta, algo en lo que nuestra vida viene a caer reiteradamente. Pero es superior porque es una amistad no renovable, tampoco pasajera, sino una en la que al amistarse se cambia totalmente lo que se es y lo que uno espera hacer de sí mismo. Es una amistad que vive del ejemplo de personas nobles, que lo corrigen a uno –o le señalan con probidad la senda- con su presencia constante: presencia fundada en ese uso superior de las palabras que nos cambian la vida. Porque no son palabras sacadas de la chistera de la necesidad para sentirse a gusto, sino palabras que se van formando conjuntamente para sentirse reales; no para sentirse bien, sino para serse bueno. Amistad noble, amistad por las palabras, amistad que pide que uno recurra al amigo una y otra vez para buscar la feliz orilla “como dos afanosos Odiseos”.

Námaste Heptákis

Coletilla: ¿En verdad conviene el pacto, señor Presidente? No es gratuito que el contenido del pacto será publicitado un día después de que AMLO dé el primer paso. Por ahí dicen que se acerca la traición a los ciudadanos. Además, seguimos pidiendo la liberación del Auditorio Justo Sierra, visítanos en Facebook y en el blog.