El afamado argumento de Descartes “pienso, luego existo”, ha tomado a lo largo de la historia y entre cada autor diversas interpretaciones, cosa peligrosa es someter al entendimiento de los demás algo que se ha dejado escrito ya hace tiempo y peor aún es dejar al libre ejercicio hermeneútico algo que se ha escrito -dicho, pues- y que cobra validez sólo a partir del mismo sujeto que lo ha esbozado, ya que de ser así cualquier interpretación externa del mismo que la construyó -por más racional y coherente que parezca- será dudosa y más allá, infructuosa.

De aquí todos los problemas que surgen luego de intentar dar cuenta de la tan trillada consigna cartesiana. Es decir, que se intente comprobar la viabilidad de la frase antedicha con base en lo que pensaría el mismo Descartes ya es prácticamente descalificable, incluso garantizar que el filósofo simplemente existe, evocando la filosofía desarrollada por él, sería una vil torpeza. De lo cual se sigue que preguntar, como ejemplo, si la mesa existe o no es una simple obstinación y en realidad no cabe tal cuestión en el pensamiento del filósofo, pues si una cosa cualquiera no posee esa conciencia cartesiana que lo orilla a sostener su existencia por sí, no existe. En este sentido, se existe -si es que puede manifestarse la idea- pero sólo por y para sí mismo. La mesa existiría si puediese declarar su existencia -aunque no le serviría de mucho hacer una declaración en voz alta de su existencia, porque al ser un objeto externo al sujeto que podría escucharlo, su existencia no puede más que resultar dudosa, de vuelta al problema demarcado al comienzo- porque aunque yo puedo verla y tocarla no puedo fiarme de lo que mis sentidos me dictan, dado que éstos me engañan. Y siendo que la mesa no parece afirmarla, entonces puedo dudar de su existencia, lo cual le arrebata parte de la misma.

Ahora bien, muchos sostienen que hay cosas que existen sin que necesariamente tengan que hacer del conocimiento de los demás que saben que existen, pues el auto, por más que me empeñe en dudar de su existencia dado que no creo que tenga conciencia de sí, igual me atropella; entonces se afirma que el auto -y las heridas ocasionadas luego del atropellamiento- existen de cierta manera. Y entonces el auto existe pero osaría en sostener, -paradójicamente- según leo en Descartes, que existe pero no para sí mismo sino para quien, aunque con dudas y reservas, aparenta inteligirlo pues no poseer autoconciencia no cancela la facultad de ser inteligido, como en el caso de los autos o los zombies. La cual ya es una proposición osada, pues el aceptar que las cosas ajenas a la cosa pensante tienen cierta inteligibilidad puede contrapuntearse con todo lo que hasta ahora he expuesto, en otras palabras, admitir que las otras cosas poseen sustancias y accidentes, los cuales lo hacen digno de intelección, ya es admitir que tiene existencia en donde radicaría lo propio de la intelección. No me persuade qué tanto aceptaría esto Descartes -quizá por problemas de esta índole formuló lo que muchos verían como su salvavidas, o sea la Moral provisional-. Aunque como lo he dicho con anterioridad, toda existencia fuera del sujeto siempre causará vacilación.

Con todo, creo que cualquier afirmación a propósito de una oración que implica al decirla la vivificación literal de la misma está de más, pues llanamente expresarla le atribuye su valor. Por consiguiente, es evidente que tan afamado razonamiento -“cogito, ergo sum”- es una implicación, pues poder revelarlo implica de facto la posibilidad primera del pensamiento.

La cigarra