Por A. Cortés:

No es difícil equivocarse al actuar. Es mucho más fácil que acertar sobre lo que queremos hacer, porque no conocemos -sino hasta después de que actuamos- las condiciones que nos parecen importantes y que le son imprescindibles. Estas cosas las vemos sólo a la luz de la observación posterior. Muchas veces ni después de haber actuado sabemos bien qué fue lo que conseguimos al actuar, ni bien a bien qué hicimos. ¿Y entonces cómo enterarse con suficiente confianza de que se está haciendo algo a favor de uno mismo? El inminente peligro es convertirse en el enemigo propio: quien hace pura estupidez es quien nunca obtiene lo que quiere, o lo que le hace bien, cuando actúa; y es miserable el que de ello se percata por cuanto es impotente para completar lo que desea. (Cuestión aparte es el hecho de que los deseos humanos sean tan diversos como la vegetación de la selva).

No quiero omitir en el caso de importancia a la regularmente olvidada omisión, que también es cosa de pensarse. No tiene menos peso decidir sobre lo que debe dejarse de hacer. Y de igual dificultad es poder mirar completa la escena en la que parecemos estar involucrados al callar o al aguardar que al lanzarnos al hecho brillante. Entre acciones y omisiones nos vamos haciendo nuestras vidas. No digo “haciendo” porque seamos ínclitos artesanos del destino, no pretendo tal sentencia de soberbia. Solamente pienso que vivir humanamente es (acaso principalmente) estar alternando entre el reposo y el movimiento que conviene a humanos: actuar y dejar de actuar.

Con todo, lo difícil que resulta elegir bien no es suficiente para desistir del intento: en toda ocasión vale el esfuerzo de más alto grado por hacerse del valor para hacer algo, lo que sea, que pensemos que va en provecho nuestro. He escuchado que eso es lo que hace a los verdaderos hombres. Reconocer las cosas que se tienen que hacer para aprovechar en verdad la vida. Actuar tomando el control propio implica que somos capaces de ver de cierto modo especial para hacer lo que nos concierne. Hablo de una mirada requerida de tanta serenidad como aplomo, y que demanda una maduración como la del buen vino. Por eso, saber sobre cuáles cosas podemos tener control y sobre cuáles otras no, es cosa de hombres hechos: es el primer paso de los de largo alcance -no de los de niños- para hacer lo que tenemos que hacer si queremos vivir como según nosotros sería mejor. Decidir qué vida preferimos y aprender a vivirla es el movimiento más difícil, doloroso y a la vez bello que sufre quien crece para convertirse en un hombre de verdad.

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