Hay ciertos fenómenos anímicos ante los cuales la palabra parece enmudecer, mientras más tratamos de enunciar algo respecto a los mismos notamos que nos quedamos insatisfechos, y esa insatisfacción nos puede conducir a desconfiar en la palabra y a actuar como ciertos individuos extremistas y limitarnos a ir por el mundo sólo señalando con el dedo lo que pretendemos mostrar a los demás.

Una de esas experiencias es el aburrimiento y al reflexionar sobre cómo hablar respecto a éste me parece que se mostrará con claridad si se justifica en algo la desconfianza en la palabra que muestran aquellos que deciden callar, o que peor aún deciden hablar sin el menor cuidado de lo que dicen.

Lo primero que podemos notar al pensar en el aburrimiento es sobre éste se puede decir mucho, y todo discurso en torno al mismo puede expresar lo que él es de dos maneras:

Una, atendiendo al modo de presentarse de ese estado anímico, reflexionando en torno a la inmovilidad en la que parece sumergirse el alma, pues quien está aburrido se ve a sí mismo sin deseo de moverse hacia algún lado, carente de apetito alguno; pero ¿cómo hablar sobre una carencia, cómo definirla?, parece que para hablar sobre algo así exige a quien articula un discurso respecto a la misma la capacidad para hablar sobre lo contrario, así pues un discurso sobre el aburrimiento, tendría que empezar por señalar lo que no es éste, es decir atender al movimiento que realiza el alma una vez que encuentra algo que la estimula, es decir, algo que la empuja a hacer algo, pero, hacer tal cosa trasforma el discurso sobre el discurso sobre el aburrimiento en un discurso sobre lo contrario, a menos que quien discurre sobre un asunto como el aburrimiento tenga la capacidad para hablar sobre el no-ser.

La otra manera de hablar sobre el asunto que hoy me ocupa, atiende a la posibilidad de que el discurso en torno al aburrimiento pueda conducir al alma a experimentar aquello de lo que se habla, es decir articulando un discurso sobre el aburrimiento que si bien no habla con claridad y precisión de lo que pretende sea lo suficientemente aburrido como para que aquel que lo escuche sepa con claridad lo que éste es mediante la experiencia y no mediante la palabra, pues en cuanto el alma es sumergida en la inmovilidad que implica el aburrimiento deja de sentirse llamada a prestar atención a lo que está diciendo el discurso. Considerar que ésta es la mejor manera de mostrar qué es el aburrimiento implica que hay cosas que la palabra no alcanza a decir, pero que los límites con los que se encuentra la misma no le impiden abrir la puerta para que veamos lo que algo es mediante la experiencia.

Así pues, por muy difícil que resulte hablar sobre algún asunto, tal y como sucede cuando se trata de hablar sobre el aburrimiento, no es válido cerrar completamente la puerta a la palabra, pues si bien ésta fracasa al tratar de enunciar aquello sobre lo que pretende hablar, puede llevar a quien la escucha a experimentar aquello sobre lo que se habla.

Maigo.

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