CON LA FE HACIA EL ABISMO

1

Después de la tempestad viene la calma. Sangre esparcida por todas las murallas, el piso, la plaza, el color de la masacre, se pierde entre las paredes del gran salón dando un aspecto lúgubre a las estatuas de mis dioses con el fluido de los que los honran y los defienden. Hombres sin alma, sin ápice de vida. Aquellos que eran valientes guerreros luchando a diestra y siniestra en contra de los temibles profanadores blasfemos que insultaban el lugar de mis señores del Olimpo, Caminé por los senderos cobijados por la oscuridad y con la Luna como único testigo de esta maldad. Y yo tratando de encontrar alguna pista para una respuesta lógica a toda esto, pero sin resultado alguno.  A solas con la compañía de un maldito silencio sepulcral que me consumía. Que horrible sensación, estar  rodeado de la muerte, esa egoísta arpía que se llevo consigo el secreto de estos pobres torturados y que al final el dolor fue su único compañero. No hay rastro de los detractores, de los malditos seres del averno, lo que veía era obra suya, no cabe duda. Toda su miseria la descargaron aquí, detestables excluidos, exiliados, despreciables traidores de nuestro amor  y de nuestra fe.

2

La batalla siempre continuaba en otra parte del pueblo, había tanto que hacer, combatir o ayudar, curar o desenvainar, asesinar o intentar conservar la vida. Todo indicaba que ellos traían el antiguo caos dentro de si, aunque sus siluetas a simple vista se confundían con las de cualquiera de los que estamos aquí, sus movimientos eran extraños, como los de un animal carroñero, que se desplaza lenta pero sigilosamente sobre su presa, estudiando el momento para atacar y cuando estaban listos mostraban la fuerza y rapidez de un felino apuñalando hasta desgarrar por dentro los mas posible, enterrando sus cabezas en las entrañas de aquellos pobres y mostrando los órganos como símbolo de victoria. En cuanto alguno dejaba ver el corazón de las victimas, se elevaba un coro enloquecedor y después seguían, sin afectarles nada, ni el llanto de un niño, ni siquiera la suplica de una madre o anciana, nada, solo les interesaba acabar con todos los que se cruzan en su camino.

Era terrible presenciar estos actos, la impotencia me carcome, cuando estaba dispuesto a ir tras uno de ellos, vislumbraba como se había marchado a asestar a otro hombre.

Mis grandes Dioses de las alturas, ¿Por qué han permitido esta barbarie? Su pueblo pide clemencia, ruegan por su auxilio. ¿Nos han abandonado acaso? No permitan que este sea el ocaso de quienes os honran. Tengan piedad de este siervo suyo, que implora un poco de su resplandor para embestir a esta maldad.

¿Que es lo que buscan? ¿Qué intentan al perturbar a nosotros los amantes de la bondad, la tolerancia y la virtud? Pero no comprendí que era lo que sucedía, por que nadie respondía a mis suplicas, ni siquiera volteaban su cara hacia a mi, no les inquietaba, continuaban matando sin misericordia.

Todos esos recuerdos continúan martirizándome, mi descanso aun es perturbado por aquellas imágenes que se que nunca se borraran y este maldito silencio desquiciante no me ayuda a que eso cambie.

Anuncios