No son pocas las ocasiones en que he escuchado a personas hablar de la importancia que tienen las otras personas para los individuos humanos que existimos en el mundo. Sin embargo, no son menos las veces que he visto personas separarse, dejar de estar unos junto a otros, como si fuera lo mejor para unos y otros, pues, se dice, las relaciones humanas se desgastan (sic). He presenciado conflictos verbales, entre hombres amables y que se aman, por estupideces que se dicen en estados anímicos frágiles. También he presenciado encuentros corpóreos entre gente que no se conoce y que no se ama, y que siempre deja a los participantes de cada encuentro de regreso en el vacío de su soledad. He sentido la soledad… demasiadas veces. También he vivido la compañía, por fortuna, no pocas veces. He escuchado que hay personas que dan primacía a la soledad, la única que nos es siempre fiel. La única que nos inspira y nos da ánimos para ser nosotros mismos, ¡auténticamente! Por supuesto que he escuchado palabras, muchas palabras que descalifican estos discursos por falsos y contrarios a la experiencia (¡pues es innegable que vivimos unos con otros!). No faltan, por supuesto, los apologistas de la soledad (¡pues es innegable que estamos arrojados solos en el mundo, y nos marcharemos igualmente solos de él!). En fin, hay una multitud de opiniones diferentes a este respecto, y ninguna demasiado desapegada de alguna experiencia vital, pese a que lleguen a aparecer como contradictorias entre sí, pero todas ellas exageradas. Unas y otras. Y es que unas y otras parten de un ámbito de la humana experiencia, siendo que ésta es infinita, variada y contingente, aunque susceptible de cierta regularidad en cada caso, ciertamente. Las diferentes personas dan mayor importancia en el discurso a alguna de esas regularidades que, según ellas, ven con mayor intensidad o importancia en su vida. El problema es que la mayoría de las veces esa intensidad o importancia no es menor que la de las otras experiencias y regularidades en esas experiencias más que en el discurso o en las ideas del individuo de cada caso. En ese sentido, parece que nunca nos podremos poner de acuerdo unos con otros. Los más exagerados, ni siquiera consigo mismos. Lo terrible de esto es que una de las únicas opciones que nos quedan, en esas circunstancias, ya le demos prioridad a la soledad, ya a la presencia vital de los otros hombres (y mujeres) en nuestra vida, es permanecer con nuestras ideas inamovibles y sigamos ensayando encontrar la respuesta nosotros mismos, sin ocuparnos de que los demás hagan lo propio al respecto. Eso parece lo más fácil. Sin embargo, otra alternativa sería esforzarnos cada vez más por que eso no sea así, e intentar salir de nuestra individualidad para encontrarnos con nuestros semejantes. Seguro existen muchas opciones para esto último, pero en este momento no se me ocurren…

M. S.

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