23 de noviembre de 1936

Dispensa la tardanza de mi respuesta. En este momento voy rumbo al Mediterráneo; mi ocupación, lo sabes, me obliga a cambiar frecuentemente de tierra, de ropa y de mujeres también.

Me he sentido muy distraído, no he tenido cabeza para pensar en lo que nos sucedió, casi no recordaba lo que había pasado esa noche. Luego de que te fuiste me reconfortaba pensar que volverías al día siguiente o al siguiente del siguiente o que lo harías pronto y que todo volvería a la rutina de siempre, así que me sorprendió mucho no saber de ti hasta el día en que recibí la carta que ahora intento contestar. Para entonces lo único que no he podido reparar es la puerta de entrada que, luego de que la golpeaste, se zafó de los tornillos superiores, extrañamente no he conseguido las piezas de esa medida por lo que cuelga escandalosamente al cerrarse.

He de aceptar que yo perdí la inocencia cuando la conocí a ella. Ya antes había estado con muchas otras mujeres, pero con Esther fue muy diferente desde el comienzo. El día que la vi por primera vez llegábamos a puerto luego de meses enteros de no pisar tierra, estaba cansado y algo mareado para entonces. Me metí con una necesidad imperante de ginebra al bar que asomaba en su puerta principal una bandera que reconocí de inmediato y que me dio la sensación extraña de estar en casa. Entré y lo primero que percibí fue el calor que proporcionaba un viejo radiador, atendí detenidamente el ruidito que hacía el artefacto mientras me dirigía hacia la barra y así la conocí, no es común en un bar de marinos ebrios ver una linda chica proveyendo alcohol con toda la elegancia que ella presumía. Alta, delgada, cadente en sus movimientos, era la mujer más increíble que había visto en mi vida. Me enamoré de inmediato. Me quedé en ese puerto mucho más de lo que había previsto para salir con ella, con lo que descubrí que no sólo era hermosa sino que era muy inteligente también, quedé prendido de ella, prendido para siempre. Pensé en decirte pronto pero no quería que sufrieras, a fuerza de tiempo desarrollé algo por ti, algo que me impedía mirarte a los ojos y decirte que nunca te amé, que habíamos pasado buenos ratos juntos pero nada más y que ahora sí había conocido el Amor, el Amor del que los poetas escriben y del que los sufrientes son adictos, el Amor de verdad. Además podía seguir contigo, siempre y cuando yo tuviese claro que a ella la amaba y que a ti, mi rutina te exigía. Ahora que estoy lejos de tus ojos y que me casaré con Esther no puedo hacer otra cosa sino decírtelo, la amo a ella. Perdí la inocencia el día que me percaté de qué significaba el Amor y podría decir que perdí la inocencia cuando fui culpable de besar otros pechos y de abrigar nuevas y verdaderas ilusiones.

No sé si debes dejar de amarme o no, realmente no creo que sea algo que me involucre ya, pero por tu bien te recomendaría que dejes de hacerlo y por el mío que no me busques más. Si puedes, constrúyete un mundo, uno nuevo, en el que yo no tenga ni un rastro de existencia.

Diría que lo siento, que siento dejarte así, que siento haberte dicho todo eso cuando en realidad no lo sentía, que siento los años que me dedicaste para nada y que siento no estar allí para ti ahora, pero no sería verdad. No me siento culpable por haber encontrado el amor y esperar vivir con él. Sólo lamento una cosa, haberte despojado de tu inocencia porque realmente eso te impedirá reconstruir tu mundo otra vez.

Hasta nunca

Salvador

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La cigarra