03 de mayo de 1936

Aún no he tocado tu bufanda sucia que dejaste en la silla de mi escritorio, huele a ti. Creo poder ver todavía tu cuello en ella, ese cuello blanco y liso que me gustaba oler luego de hacer el amor porque tenía un olor particular a sueños venideros, a promesas por cumplirse. No puedo evitar, al ver esa pequeña tela tuya, recordar todo lo que hicimos sobre mi cama, y entonces sí, las lágrimas son inevitables.

No había tenido suficiente fuerza para tomar un papel y escribirte algo, supongo me faltaba inspiración, aunque ahora que lo pienso quizá más bien me sobraba. No sé qué tanto éste será un escrito catártico; me resulta complicadísimo y sumamente perturbador construir un nuevo mundo luego de que hube, o mejor dicho hubiste, derrumbado el que tenía por cierto. En verdad me gustaba mi mundo anterior, lo amaba profundamente.

Te creí cuando dijiste que el día te duraba más de veinticuatro horas cuando no estabas conmigo, que los días eran eternos y que cada momento sin mi abrazo era un cruel suplicio; me gustaba imaginarte enojado con tu reloj o sufriendo por la carencia de mi cuerpo. Te creí cuando me contaste que esa caja verde que me regalaste vacía contenía tu corazón entero y que ahora me pertenecía sólo a mí; casi podía sentir cada palpitación en aquél cofre de cartón. Te creí mientras me explicabas la composición de las cosas, lo dulce que te sabía un limón viejo o lo azul que te parecía el cielo en un día copiosamente nublado; pensaba que el tenerme cerca te había descompuesto la visión de las cosas más evidentes, lo cual encontraba sumamente romántico. Te creí cuando me hablabas de la inmensidad de la Mar, me encantaba oír tus anécdotas de cuando navegabas hacia alguna isla lejana, los climas que padeciste y los puertos increíbles que conociste; me prendaba a ti toda esa pasión que a ti te unía al océano. Suspiraba al verte con tu uniforme, tan gallardo, tan valiente, tan tú. Y te creí también cuando me dijiste que íbamos a estar siempre juntos, felices y que todo iba a estar bien; sólo me concentraba en lo venidero, en lo que podíamos hacer juntos, en nosotros al futuro. Di por cierto que todo tú eras mío. Inocente de mí, pobre tonta.

Esa noche, luego de haber viajado dos días enteros en tren, sólo me consolaba poder verte de nuevo, abrazarte y besarte. Prepararte algo caliente y servirlo como siempre en tu taza azul, subir a la terraza a mirar las estrellas, acariciarnos y renovar agotando nuestros impulsos, a la luz de la Luna. Que me prendieras mi cigarro y platicáramos hasta que los primeros rayos del Sol nos pegaran en los ojos y entonces, muertos de frío, nos acostáramos a dormir todo el día. Estos pensamientos hicieron del camino engorroso de la estación a tu casa algo imperceptible. Quién sospecharía que al encontrarte en nuestra morada toda mi inocencia habría de abandonarme.

Murmurabas algo quedo en la cocina, escuché tu voz y esbocé una sonrisa; por un breve momento me sentí en casa. Todo cambió cuando llegué hasta donde tú y me percaté de que ni tus ropas ni tu soledad estaban ahí contigo. Repentinamente dejé de creerte, mi mundo se desplomó violentamente. Me aterré y no atiné en hacer algo más, sólo salir huyendo de allí.

Ahora, tiempo después estoy aquí, sola, escribiéndote de entre los escombros de mi mundo desecho donde intento levantar uno nuevo. Ya no sé a quién ni qué debo creer para ser yo. Lo peor es que todavía te amo y por más que mi realidad azote en cada espacio de mi cuerpo no dejo de hacerlo, por más que pretendo ocultarlo de todos, te extraño en demasía y por más que mi dignidad me exija a puntapiés lo contrario, aún quiero creerte. Pero que te quede claro que esta no es una misiva de rendición, la culpa no ha sido mía. No quisiera hacerlo pero mi mano me obliga a confesarlo, te amo y perdonaría cualquiera de tus fallas de nuevo. Te amo Salvador, y, aún en contra de mi voluntad, no dejaré de hacerlo jamás.

Tuya

Mercedes

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La cigarra