Me han dicho por ahí que no hay nada más importante que la salud, que si no la tengo estaré condenada a una vida miserable y llena de dolores, que para cuidarla tengo que comer y dormir a mis horas, aún cuando algún gusto o preocupación me quiten el hambre y el sueño, que debo seguir una rutina de ejercicio diaria, y que ésta no sólo se ha de enfocar en lograr que mis órganos trabajen adecuadamente, sino que también ha de mantenerme en forma, es decir delgada; además me indican con especial énfasis que para mantener tan preciado y frágil valor no basta con hacer caso a cuanta indicación me den respecto al cuidado de mi cuerpo,  hace falta que acuda con regularidad a ver a un médico, no porque me sienta mal, sino para evitar tal cosa.

Lo curioso de todo esto, no es la insana preocupación por mantener la salud que veo algunos demuestran con sus múltiples insistencias a que pierda mi tiempo entre consultorios y hospitales, es más bien el descuido en el que mantienen al alma aquellos que dicen que la salud es el fundamento de una vida dichosa, ¿cómo es posible una vida feliz sin que se tome en cuenta al alma?, ¿acaso ésta es inmune a enfermarse?, ¿o es que la salud del cuerpo implica necesariamente la salud del alma?

En una primera aproximación, lo primero que puedo notar en el constante discurso de aquellos que me insisten tanto en que acuda al médico para prevenir enfermedades, es que parten del supuesto de que el cuerpo tiende naturalmente a enfermarse, es decir que de no ser por la intervención del hombre éste se mantendría regularmente enfermo; lo cual significa que la salud es un estado atípico y que el cuerpo no busca por sí mismo restablecerse una vez se presenta la enfermedad.

Además, puedo notar que la salud es deseable sólo en tanto que al tenerla puedo llevar una vida sin el dolor que implican las enfermedades, lo que deviene en la posibilidad de acceder con más facilidad a ciertos placeres, por ejemplo aquellos que se desprenden de tener un cuerpo bello y bien formado, mismos que no se consiguen con tanta facilidad cuando nuestra vida se deja llevar por aquello a lo que podría llamar pecado moderno y  que consiste básicamente en comer aquello que implica recibir suficientes calorías como para tener que pagarlas con la penitencia de hacer más ejercicio, en contraposición con el pecado que atenta contra el bien estar del alma, como la lujuria, que más que afectar al cuerpo afecta al amante de los lujos en tanto que no lo deja vivir tranquilo.

La preocupación por lo corpóreo deja de lado al alma, nadie recomienda ciertas reflexiones diarias antes de comer o de dormir, nadie me ha dicho que considere y examine tales o cuales cuestiones para que tal examen me deje ver con cierta claridad en qué estoy pensando cuando hablo de una vida feliz; y por otra parte, tal pareciera que al procurar la salud del cuerpo con tanto ahínco estoy procurando al mismo tiempo la posibilidad de acceder a aquellas cosas que podrían hacer daño a mi alma, en caso que todavía considere que haya tal. Si bien para mantener la salud del cuerpo es necesario contenerse de ciertos placeres y moderarse ante determinados antojos, resulta paradójico que al procurar la salud y la belleza del cuerpo considere como saludable el dejar que el alma se deje llevar por ciertos excesos y que ceda ante sus mínimos antojos, como el de tener a todo un equipo de especialistas preocupados por atenderme y mantenerme siendo lo que soy.

Maigo.

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